No te preocupes, Ma. Voy a estar bien.
Esas fueron las palabras que Yoel pronunció antes de que sus seres queridos encararan los colores que caracterizan la recta final del Aeropuerto de Maiquetía. Los colores de su bandera y el negro son lo último que ponen en su memoria los venezolanos cuando le dicen adiós a su tierra, esa que los vio nacer.
Yoel vio a su madre ver a su 'pequeño' irse al extranjero porque su hogar se ha quedado sin un techo que le de calor. Ella se sintió vacía porque ya no tendría a uno de sus hijos allí para recordarle lo que tenía que hacer; para darle consejos.
Yoel abrazó a su hermano cuando éste tomó la decisión de irse en busca de las oportunidades que no pudo encontrar. Él sintió que se le iba una parte suya. Esa persona que había estado ahí desde que nació, ese que le decía 'hermanito' se acababa de montar en un avión rumbo a Canadá. Era el momento de que Yoel asumiera las responsabilidades de su hermano y que cuidara a su madre.
Yoel asistió a una reunión de amigos con olor a despedida. Cada vez que alguien se iba de la velada se fundía un abrazo que podría ser el último, porque todos sabían que el destino de cada uno era diferente. La depresión llenó su ser; el grupo humano con el que había compartido a diario los últimos años se decía adiós.
Yoel en tres meses tuvo que abrazar a su madre y decirle que todo iba a estar bien; mirar a su hermano y comentarle lo orgulloso que está; despedirse de su amiga con un sentido abrazo sabiendo que era un hasta siempre, y no un hasta luego.
Es injusto.
No es duro. Es más bien injusto. Pisar un arcoiris sabiendo que no volverás es muy triste. Es difícil decirle adiós a un ser querido —en cualquier país o situación lo es— pero aquí se ha hecho costumbre.
Es inhumano.
Yoel conoció a alguien especial y sintió como perdía la oportunidad de tener algo especial porque ella tenía que partir. Eso no es injusto, más bien es inhumano. Saber que sería probablemente la última vez en su vida que la vería a los ojos no debería ser algo que como seres humanos nos permitamos.
Yoel lloró, pero luego supo que había que seguir y pensar que al menos ellos tendrán una oportunidad. Madres, hermanos y amigos llorando despidiéndose de sus seres queridos; eso es Maiquetía, un lugar cuyo increíble recorrido final está inundado de lágrimas. Pero no hay que perder la fe; la esperanza de que la cosa cambie, porque el camino puede recuperar su toque multicolor y olvidar esta gris realidad.
Y esto lo digo a pesar de que yo soy él.