Éramos tan pobres que nos tocaba jugar con las hojas secas.
Éramos tan pequeños que debíamos esperar que las hojas bajaran
por la escalera del viento.
Éramos tan ingenuos creyendo que el otoño
era una jirafa que largaba la piel.
Éramos sin otoño, pero lo veíamos regado en el suelo
o amontonado, con ganas de levantarse.
Con ese otoño que nunca hubo ni habrá en Venezuela,
éramos tan llenos,
una hoja amarilla fue el sol,
una marrón, la tierra,
la que giraba, atravesada por la punta de un palito, un helicóptero;
cada una fue una posibilidad para ser más ricos,
más sanos
y más agradecidos con el verano porque de él
hacíamos nuestro otoño.
Imagen principal tomada de Facebook