No se sabe a ciencia cierta de donde surge la leyenda del hada del sueño, esa a la que algunos llaman coco y otros bruja, o incluso duendecillos. Algunos dicen que fue expulsada del mundo de las hadas, un mundo lleno de luz semejante a todas ellas que tienen un resplandor dentro de sí mismas para brillar cual estrella plateada en los cielos despejados de un rebosante campo.
Como nuestra hada se estaba quedando sin luz interna y su piel perdía la hermosa transparencia que antaño la caracterizaba, el señor de aquella mágica tierra, que no es muy diferente de otros tales -y no es que este narrador esté enviando constantemente a sus escasos lectores mensajes subliminales nihilistas- la sentenció al exilio de su región... Y tras haber cruzado los diferentes portales del universo vino a parar a nuestro perturbado plano.
A diferencia de la idea de hada que la mayoría tenemos, ésta no es una niñita en falda con alitas de insecto batuqueándose orgásmicamente sino un minúsculo ser parecido a un elfito andrógino -y perdonen la redundancia- con tez azulada y sin alas, pero que de igual manera flota ligeramente en el aire.
El hada del sueño, que no es la misma que el hada de los sueños, no conciliaba descanso alguno ni de día ni de noche debido al ajetreado ritmo de las ciudades industrializadas, por lo que sólo vagar de un lado a otro le quedaba y fue así como surgió su maravillosa leyenda...
Cuentan, que todas las noches cuando las personas comunes duermen, el hada se posa en el cabezal de sus camas para velar sus sueños, admirando con parsimonia el descanso que otros pueden tener y que trae reposo a su apagado ser. Cuando algún señor o niñito se levanta ajetreado a mitad de siesta por la incómoda sensación de ser observado, ésta huye despavorida con una gran sonrisa en su imperceptible rostro.
Por Jesús Pulido. Gracias por leer.
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