Ahora, en la conversación que estaba manteniendo con Gotier, le confiaba ese sentimiento de culpa que arrastraba unido al otro por sus crímenes, incluso desde que lo había confesado en sacramento. Siguió diciéndole:
—No lo había comentado con nadie antes de ahora. Tan grande fue mi culpa que el confesor, aturdido y guardando el sigilo sacramental de la confesión, me impuso una ingente penitencia que estoy cumpliendo: no aceptar jamás ningún cargo en la nueva orden de los Benedictinos a la que ya pertenezco con plenos derechos; tampoco ostentar dignidad alguna ni subir a ningún alto rango durante toda mi vida. Solamente podré aceptar el humilde oficio de portero u otro de inferior categoría. A pesar de todo, no puedo dormir tranquilo. Me sigue remordiendo la conciencia al pensar que, siempre, los más cobardes somos los que sobrevivimos, porque los valientes se quedan muertos y olvidados en la primera línea de cualquier batalla.***(Nota)
Por eso, en este mundo siempre triunfan y suben los más miserables.
Se quedaron los dos pensativos; y la vaca volvió hacia ellos la mirada. Mugió lenta y triste como si solicitara que continuaran la conversación tan humana.
Se repuso Gotier:
—¿No volvisteis atrás, para darles cristiana sepultura, cuando quedaron a merced de las águilas, antes de ser devorados?
A lo que Petrus le contestaba, yendo hacia atrás en su historia:
—Desde el sendero de Compludo,
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cada vez se oía más cercano el galopar de la mesnada, por lo que Rechivaldo se había visto obligado a cambiar el rumbo hacia el Oeste, hacia el valle del Silencio.
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Yo había sido el primero que había huido al monte también con lo puesto, pero corriendo, con zuecos de madera. Ni siquiera me dio tiempo a calzar las botas de cuero.
Martín Castriello me encontró, y, como ya tenía ampollas en los pies, me recogió en su caballo; y al cabo de un rato vimos en la otra ladera del monte a Rechivaldo que huía, pero le dimos alcance por un atajo.
Lo veíamos nervioso, y, como llevaba las alforjas de su caballo explotando, no tuvo más remedio que excusarse de ir tan cargado. Sólo nos dijo que se había aprovisionado de todo lo que pudo.
Petrus seguía contándole que Martín y él mismo desconfiaban sin apenas cruzarse la mirada, porque intuían que Rechivaldo ya tenía tales fardos preparados para cuando surgiera el momento. No era posible que le hubiera dado tiempo a largarse con tantas cosas improvisadamente. Pensando y observándose unos a otros, los tres siguieron el camino de tal manera que, al cabo de la tarde, se pararon en un prado pequeño del curso alto del río Oza:
—No teníamos más remedio que ponernos de acuerdo para ayudarnos mutuamente. A pesar de estar a salvo, de momento, no cesábamos de increparnos con pullas salteadas, atribuyéndonos algún pecado porque una maldición se había cernido sobre nosotros. La fortaleza de los caballeros se había tornado en fragilidad, tiempo atrás tan valientes, y ahora resquebrajados por el desconcierto.
Dijo Gotier nuevamente derrumbado:
—¡Baphomet! ¿Será cierto que Dios nos castigue porque, en ceremonias ocultas, muchos templarios adoraran al diablo Baphomet, como consta en todos los procesos?
Petrus lo miró fijamente pensando que Gotier se estaba volviendo loco:
—Baphomet no es ningún diablo. ¡Solamente es una palabra inventada por los que nos calumnian para aniquilarnos!
—¡Claro, claro! Yo mismo estoy acusado de adorar a Baphomet. Ya no sé ni lo que digo... Sigue contándome.
—Teníamos que pasar la noche en un lugar seguro. En la choza de la braña más alta nos quedaríamos. No se nos ocurrió lugar más idóneo pues sólo había que entrar y habitarla, pudiendo dormir cómodamente sobre helechos secos.
Llegamos sedientos a la cabaña y la encontramos con ascuas apagadas y restos de un cordero muerto que tuvimos que limpiar para poder echarnos. Aunque estaba totalmente consumido y sólo se veían huesos y pellejo, todavía asomaba algún gusano. Bebimos del arroyo cristalino que corría a pocas varas.
A lo lejos, desde lo alto, divisábamos la antorcha que luce aquí arriba, en la torre del convento. A mí, que todavía no había salido a las cruzadas, cuando todavía los templarios éramos queridos y admirados, se me acercaba mi primer periplo a oriente. Sin embargo, se me truncaron todas mis expectativas tres o cuatro días antes de la fuga: me había llegado el nuevo destino para pasar al castillo de Jerez de los Alcornocales. En un principio, el Maestre me había anunciado que partiría hacia Sicilia, pero se había visto obligado a cambiar mi destino para que fuera a Jerez. Allí se concentraría un nuevo refuerzo de varios caballeros por cada castillo del norte de Castilla, Aragón y Galicia, pues el rey moro de Granada, en el Algarve, se estaba haciendo fuerte y había que plantarle cara. Yo todavía no me había estrenado en los campos de batalla. Antes de entrar por primera vez en combate me picaba el gusanillo encima del ombligo. No había experimentado el calor húmedo de la sangre enemiga entre las manos. “Cuando la sientas —me decían días antes los veteranos—, ya te dará igual ocho que ochenta”. Yo pensaba que el ocho era un número ambiguo. Mejor sería comenzar matando a nueve enemigos.
“Hasta ese momento uno siente el pecado original en las entrañas, del que hay que liberarse con el bautismo de fuego” —seguían diciéndome.
Tenía fama de valiente porque en los entrenamientos atacaba con ímpetu, y con tal fuerza que levantaba al contrincante con un brazo. Además, había pasado todas las pruebas en días nueve de distintos meses, el mejor número para coronar cualquier éxito. El número nueve presidía el comienzo del Temple, pues nueve caballeros franceses fueron los fundadores en Jerusalén durante nueve años, haciendo excavaciones de las que extrajeron nueve secretos que guardaron para siempre y nunca revelaron.
Con fecha día nueve, del mes nueve, de mil trescientos cinco, me habían confirmado como aspirante a caballero. Nueves y treces por todas partes. 9/9/1305, (9+9+13+05 = 36) (3+6=9) y 1305; 1+3+0+5 = 9. Una mezcla extraña, aunque predominando el nueve.
Gotier lo interrumpió diciendo:
—Esa noche os sería difícil conciliar el sueño.
Mugió de nuevo la vaca reclamando más agua para el bebedero.
***(Nota)
No cabe duda de que Counillac tomó la idea de este pergamino. Está calcada.