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(Leopold Mozart. «Sinfonía de los Juguetes»)
Con un amor agreste, increpó Emilio a los pequeños antes de arrear a la mula:
«Cuando don Herme toque el pito, volando a la escuela. ¿Eh? ¡Hala!»
Sin decir palabra, Andrés y Emilito contemplaron a su padre, que se alejaba, cuando terminaban de desayunar una tostada untada de aceite.
La neblina mañanera, bien pronto, hizo que desaparecieran a lo lejos el padre y su cabalgadura.
Una vez solos, dijo Emilito a Andrés:
—Andresillo, ven conmigo.
—¿A dón-de va-mos? —musitó Andrés entrecortando las sílabas con voz meliflua, adivinando una próxima proeza de Emilito.
—Tú, ven y calla.
Algún leve crujido se escapaba de las vigas y el entarimado, a causa del nerviosismo que imprimía Emilito al andar despacio hasta la alcoba paterna, a la vez que el compás del mundo le comenzaba a bullir cada vez más fuerte en su cerebro, a medida que se fue acercando a la mesilla de noche. Tic... tac... tic... tac...
Su corazón galopaba a doble ritmo y unas gotillas de sudor empapaban la raíz de su cabello. Tragó saliva y no le salió la voz. Tuvo que carraspear para ordenar al reloj su intención.
Andrés no pestañeaba. Mantenía la boquita semiabierta y admiraba la valentía de su hermano.
Quisiera Emilito haberse mostrado potestativo para dar la orden, pero su concentración inquirente lo traicionó. Con vocecita entrecortada le dijo al reloj:
—¡Canta!
Después de esperar tres segundos, Emilito comenzaba a indignarse por tal desobediencia.
—¡Te digo que cantes!
Ante la tozudez del insensato reloj, le increpó:
—¡Mira que, como no cantes, te llevo al yunque!
Cambió de modos Emilito y le dijo:
—Anda, bonito, canta pa que te oigamos. Canta, canta.
Así una y otra vez, sin escatimar modos y entonaciones de todas las clases, hasta que se colmó su paciencia:
—¡Que te crees tú que nos vas a tomar el pelo!
Lo cogió con las dos manos y, muy rápidamente, casi corriendo, se encaminó a la herrería después de cruzar el patio. Lo posó en el yunque,
aferró el mazo por el mango, con la cabeza del mismo apoyada en el suelo, y le dijo enfurecido:
—¡Canta, a la una. Canta a las dos y, canta a las tres!
Levantando el mazo con muchos esfuerzos, dijo a su hermano sacando la voz del plexo solar:
—¡Échate a un lao, no te vaya a dar a ti!
Le propinó tal golpe que el cristal saltó hecho añicos, y, con una gran abolladura en la mitad de la caja brillante, cayó al suelo rodando.
—¿Qué tal? ¿Cantas o no cantas?
Lo volvió a colocar encima del yunque, diciéndole:
—Por última vez. ¡Canta!
Después de esperar, mientras miraba a un lado y a otro, le asestó tal golpe que crujieron y saltaron por los aires las ruedas dentadas, y la espiral de acero de la cuerda bisbiseó herniándose, no sin un buen susto del verdugo y su acompañante.
No se atrevieron a tocarlo más.
Ya se disponían los dos niños a salir para dirigirse a la escuela, cuando su padre entró en la casa y se dirigió a la cocina, pues en el fogón había dejado hirviendo una olla de agua, que cogió para llevar a la herrería. Al ver a los niños, se sorprendió y les dijo:
—¿Qué hacéis aquí?