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El fin de semana por detrás, la mañana del lunes era húmeda. Cuando Damián entraba al Instituto, Alfonso Sierra lo esperaba en la garita para darle un recado:
—De parte de don Emilio, que lo espera a usted en el seminario de Latín. Yo, ya he cumplido el «mandao». ¡Eh! Juan! ¡Tú eres testigo! —Juan asintió con la cabeza. Damián no entendía las formalidades que utilizó el conserje para una comunicación tan rutinaria:
—Y para decirme eso, ¿hace falta un testigo?
—Es que, no vea usted, lo serio que se puso don Emilio para decírmelo. Estuvo más de diez minutos recordándomelo. Yo ya he cumplido. ¿Eh, Juan? —Juan seguía asintiendo mecánicamente. Jaime y el Vasco pasaban por delante, con dirección a sendas clases, y al oír lo que el conserje comunicaba, murmuró Jaime:
—Los fascistas, para cualquier cosa se ponen farisaicamente dignos —entendió el Vasco que se había referido tanto a Emilio, el de Latín, como al conserje Alfonso Sierra Borrego. Damián no se atrevió a contrariar a Jaime porque se consideraba de su bando, pero lo encontró más altivo que de costumbre, actitud que empezaba a disgustarle, y tratando de olvidarlo se dirigió a Alfonso Sierra:
—No obstante, muchas gracias por el aviso. Durante esta hora, coincidimos don Emilio y yo, de guardia; y si tiene que decirme algo, es ahora cuando puede aprovechar, porque durante el resto de la jornada ya no tendremos tiempo.
Se despidió Damián con un «hasta luego».
Una vez dentro del seminario de Latín, yendo directamente al tema, dijo Emilio:
—No he terminado de estudiarlo, pero me parece que hay para rato. A pesar de la poca cantidad de texto, está demasiado concentrado y exige un trabajo de investigación muy serio. La conclusión de la alumna, desde luego, parece certera cuando dice que de los escritos se deduce que existió una civilización leonesa que se perdió para siempre; pero esto no es del todo cierto; en la sociedad quedan vestigios por los que se pueden seguir huellas, y, desde luego, yo veo huellas por todas partes. Tenemos muchos interrogantes que resolver antes de certificar algo seguro: lo primero, ¿quién escribió esto? —levantó la barbilla guiñando un ojo—. Parece ser que fue un autor anónimo de los años cuarenta; pero, ¿quién se lo ha dicho a esta alumna —miró la portada del trabajo y leyó el nombre y apellidos de Clara—, si de los escritos nada se deduce? —pasaba hojas. A cada movimiento, acompañaba una ligera convulsión de la cabeza. Damián lo miraba con ojos totales. Siguió su enumeración previa—: Por otra parte, ¿dónde están los escritos originales? Los originales parece que estaban en latín y en árabe; es evidente; y lo que aquí tenemos es una copia de cuarta mano. Lo cierto es que alguien, y no sabemos en qué siglo, inventó una leyenda, para mostrar, como verosímil, que el dios Baco reveló a un árabe leonés que tenía que restaurar el culto al dios del vino; y lo consiguió, porque aparecen hasta las dinastías de los sacerdotes de la bodega, que debía de ser como el santuario. Esa bodega, tiene que existir, o por lo menos... alguna ruina. —Cerraba el cartapacio, que soltó sobre la mesa mirando hacia la ventana—. Por otra parte, mis estudios de árabe no son muy profundos, pero he secado la sustancia gris investigando, y desde luego, todos los topónimos y antropónimos son ciertos, hasta los nombres de los caballos del rey cristiano de León. Yo creo, Damián, que estos escritos —los golpeaba con el nudillo del anular derecho—, detrás de un fondo legendario, esconden, verdaderamente, mucha historia que no se conoce. Te voy a ser sincero: yo podría haber traducido las frases latinas y dejarte contento, pero creo que debemos colaborar en escudriñar todo, porque merece la pena; para ello, hemos de preguntarle a Clara muchas cosas y hemos de pedirle colaboración; de lo contrario, cometeríamos una especie de fraude, porque en definitiva ella ha sido la que lo ha descubierto.
—De ninguna manera —contrarió Damián—. A mí me parece que no debemos de mezclar para nada a ningún alumno en una investigación tan importante; nos la podría estropear con la mayor inocencia.
Emilio no quería dejar el protagonismo y siguió intentando convencer a Damián de lo correcto. Como no lo conseguía, pues Damián se encerraba en testarudez desmedida, optó por proponerle que se las arreglara él solo, pero antes le dijo:
—¡No seas terco, que un terco es un débil que se mantiene tieso! Te lo digo cariñosamente, sin acritud, como se está poniendo de moda en todos los medios. Yo he trabajado un poco sobre moros y cristianos en las Alpujarras, en mi pueblo y en otros cercanos al mío. Apenas he podido obtener documentación suficiente, pero algo he hecho; y ahí están mis publicaciones sobre la cultura de los mazapanes, del aceite, de los regadíos, y tantas cosas que hemos heredado de la civilización árabe en Andalucía. Decía un profesor mío, que de la civilización árabe procedían las blasfemias. Seguramente, esta opinión se viene trasmitiendo de boca en boca desde los Reyes Católicos; y como nadie la desmiente, cargan con el mochuelo los pobres moros. A mí, me había extrañado, porque el pueblo árabe es muy religioso, quizás excesivamente, por lo que parece imposible imaginar a un moro blasfemando. En mis correrías por la geografía española, me he fijado en las interjecciones dirigidas a las distintas divinidades, y tanto las que hacen referencia a Jesucristo como a los vasos sagrados, siempre se profieren con una copa en la mano, e incluso yo me acuerdo que, cuando era niño, en los bares, ponían letreros recordando la prohibición al respecto, con leyendas como estas: «Se prohíbe blasfemar», junto a otras como «dinero al bote, gracias», «hoy no se fía, mañana sí». Sin embargo las que hacen referencia al nombre del Dios árabe se dicen en cualquier parte, no solamente en los bares. Fíjate: que la civilización del vino proceda de la Mesopotamia leonesa... eso sí que es inaudito; porque en realidad existe, pero nadie lo sabe; y allí especialmente, y en regiones limítrofes es donde más he oído expresiones como: ¡Cagüen Lá! ¡Dios-Lá! ¡Rediós-Lá!
Desde luego, en la escritura... vamos a releerla —Damián recuperó el trabajo de Clara y se apresuró a buscarla. Así que la hubo encontrado dijo muy expresivo:
—¡Claro; está clarísimo; no hay duda! Mira lo que pone —releía Damián en voz alta: «(La siguiente escritura, aparte de ritos y sacrificios, contiene una sarta de blasfemias contra Jesús de Nazareth, contra la Santísima Virgen, Contra la Sagrada Forma, contra las Jerarquías Eclesiásticas, contra los Vasos Sagrados, y también contra el Dios islámico Aláh, contra su profeta Mahoma, contra el Arcángel Gabriel y otras atrocidades)».
Siguió Damián leyendo más adelante: «Después de pronunciar las palabras, rociará con vino primerizo a lo hermanos(أخوأن); y todos los asistentes maldecirán a sus enemigos los tagarinos y a los cristianos, y a sus dioses y a sus costumbres».