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Damián, por aquellos días, andaba leyendo un libro de Azorín. A pesar de la trivial y rápida lectura, se atrancó en un escollo que le deshacía la concepción marxista de la historia con la que, desde hacía años, andaba entusiasmado; conque caviló sobre el concepto de historia descubierto en la perversa cita de Renan que dice: «...el gusto por la historia es el más aristocrático de los gustos». Se vio desamparado con este machetazo al que no encontraba respuesta, porque el argumento de autoridad al que se agarraba en sus aseveraciones, se las daba dobladas en este libro indiscutible: no encontraba a nadie que contradijera satisfactoriamente esa cita reprobable; y él, de aristocrático no quería ni el vocablo. Inmerso en estos devaneos se entretuvo más de lo debido sin llevarle a Emilio las fotocopias del trabajo de Clara, por no contribuir a que Emilio se aristocratizara, porque pudiera ser que se aficionara al cuaderno del cuñado de Honorino en vez de resolverle las dudas de gramática latina. No obstante, no tuvo escapatoria cuando, solos en el pasillo, después de que Emilio ridiculizara a su compañera Estrella, le dijo:
—Ahora tenemos tiempo. Vamos al seminario de Latín para resolver tus dudas. Damián le contestó un poco reticente:
—¿Ahora? La verdad es que no tengo muchas ganas.
Emilio le devolvió lisonjas:
—Un intelectual como tú, nunca debe cansarse, sobre todo si se trata de un asunto pedagógico.
Damián se encontró trizado dialécticamente y repuso:
—Vamos a mi seminario, que allí tengo los trabajos de los alumnos.
—Vete tú a por ellos; te espero en el de Latín; estaremos más cómodos, y tendré que consultar los diccionarios —parecía humillarse—, no creas que de Latín lo sé todo —balanceó los párpados.
No tardó Damián en traer el trabajo de Clara con todas las dudas subrayadas. Le bastó a Emilio una lectura por encima para sospechar un venero en el trabajo, aunque rápidamente se dio cuenta de que tendría que despejar varias incógnitas. Le resultó fácil convencer a Damián de que necesitaría tiempo para tal empresa, porque el hibridismo lingüístico se mostraba evidente, y le dijo:
—Necesitaré un par de días para que no quede nada en el tintero. Como tienes marcadas las palabras importantes, me resultará más sencillo.
Se inquietó Damián, porque Emilio no soltaba el trabajo y sin más, lo metió en la cartera diciendo:
—Vamos a tomar algo al bar de enfrente, porque veo que ahora no tienes muchas ganas —lo agarró por su palabra—; mañana te lo traigo todo escrito para que no tengas dificultades.
57
LOLI Y EL VASCO.
—¿Qué te pasa? —dijo Loli después de sentarse a comer en el restaurante al lado del Instituto.
—Que se va notando el cansancio del curso a estas alturas —respondió el Vasco mientras desdoblaba la servilleta.
—No me puedes ocultar que algo extraño te preocupa. Te lo vengo notando desde hace algunos días.
Loli se sentía insegura en la permanencia del amor, ya que le notaba cierto enfriamiento, y trataba de amarrarlo durante todas las horas del día, porque pensaba que Eva rondaba en la cabeza del Vasco a cada instante; pero el Vasco estaba ido, pensando que Leo le mentía, que Leo custodiaba los pergaminos buscados por la policía y no se le presentaría mejor ocasión para alcanzarlos; a pesar de lo cual, no se atrevió en ese momento a decirle nada a Loli acerca de sus pretensiones, por lo que salió por la tangente sacando del bolsillo el sobre con el poema de Eva dentro. Tomó Loli el poema, y cuando lo iba leyendo, luchaba su sentimiento de culpabilidad con la pasión creada en su relación con el Vasco, lo que le produjo una inestabilidad que vino a acrecentar su inmadurez afectiva; sentía que el Vasco podía marchársele en cualquier momento, pero quedó algo más tranquila al encontrar totalmente verosímil la preocupación del Vasco por la tragedia que se deducía del poema, ya que, en definitiva, a él le correspondía la mayor responsabilidad del daño infligido a la poco más que una niña enamoradiza de los profesores; y dijo:
—Esto se le olvidará pronto. Todas las chicas sufren un amor platónico, sobre todo si se encuentran con uno de sus profesores tan encantador como tú. Lo que normalmente tendría que suponer una característica encomiable, se ha vuelto en contra tuya y ha supuesto para ti un «handicap» que no te ha traído más que problemas con los alumnos y alumnas; claro que, bien mirado, a pesar de los reveses, es mejor así. Date cuenta de que estos problemas no los tienen los ñoños, o los que ya están metidos de lleno en sus sentaderas burguesas, pagando el piso, el coche y soportando el aburrimiento de la monotonía de las clases. Lo peor es que Eva está sufriendo mucho, aunque sea pasajera su desdicha, porque todas hemos tenido en esa edad un amor imposible que no nos corresponde. Son cosas que hay que pasar y no tienen remedio hasta que el tiempo las borre, y se vaya olvidando a medida que llegue a ser adulta, y encuentre al hombre de su vida.
Loli cogió la mano del Vasco, quien no pestañeaba pues un sinfín de pensamientos se embarullaban con los dolores de sus entresijos. No podía pensar a la vez en dos situaciones: Eva y el retablo de «El Baco», con sendas circunstancias envolventes. A menudo le asaltaba la idea de verse en un hospital psiquiátrico como su madre.
En esta situación inestable se desdobló totalmente y le dijo a Loli amparado por el calor de la palma grácil sobre su mano:
—Ya es hora de que te cuente todo lo que me ocurre.
Loli escuchaba de sobresalto en sobresalto cuanto el Vasco soltaba a borbotones y se sinceraba contándole su verdadera historia con cabal minuciosidad, la excursión a Astorga, su meta de encontrar el retablo de El Baco para poder llevar a su madre a los mejores psiquiatras americanos... Y se convenció de que no era Eva la que, en definitiva, preocupaba al Vasco; por lo que quedó mucho más tranquila. Pensó en casarse con él y pedirle ayuda a su padre, que era un industrial de conservas agrícolas en Murcia, imaginándose que, así, ya acabarían los tormentos del Vasco.
—A mis padres les has caído como agua bendita para su niña —sonrió pensativa—; para ellos siempre seré la niña pequeña; mi padre tiene tanto dinero que no escatimará nada por ayudarte, pero creo que eso ocurrirá cuando nos hayamos casado —se le adivinaba un cuidado exquisito en no dar un traspié durante el discurso; a pesar de lo cual, el Vasco apretó los cartílagos de las ventanas nasales con matiz interrogativo—, porque mi padre es muy tradicional; pudiste comprobarlo durante las Navidades. Yo ya le he dicho que eres algo más que un buen compañero de trabajo, y mi madre no pone ningún obstáculo. Mi madre es mucho menos misoneísta que mi padre —al Vasco le extrañó la palabreja y trató de corregir la pedantería en la que a menudo incurría Loli:
—¡Guarda ese adjetivo, mujer! No puedes tratar a nadie de ñoño mientras no quites el jodío hábito de intentar sorprenderme con grecismos y otros vocablos de poco uso.
Loli no tuvo recursos para paliar su aturdimiento y siguió desesperada intentando que el Vasco se olvidara de lo dicho:
—Yo no tengo la culpa de ser una repipi; además tú me has hecho cambiar mucho —se aceleraba—; vamos a lo importante y deja de corregirme; por dinero no tienes que preocuparte, porque ya te he dicho que mis padres nunca me han negado absolutamente nada.
El Vasco recompuso los ademanes:
—Pero habría que decirles previamente que necesitaremos dinero para llevar a tu suegra al mejor hospital psiquiátrico del mundo.
Loli se alborozó al comprobar que el Vasco parecía dispuesto a aceptar la solución que para ella resultaría muy fácil una vez casados. Pudiera interpretarse que Loli estaba ofreciendo un matrimonio de conveniencias para el Vasco por la torpeza de sus expresiones; pero no debía de ser esa su intención porque daba por sentado que el Vasco la quería y deseaba legalizar sus relaciones íntimas. El Vasco engullía bocado tras bocado con ansia desmesurada y no encontraba salida airosa con propuestas aceptables. Por el contrario, Loli no terminaba el consomé con yema y frivolizaba interesándose hasta la ofuscación:
—No merece la pena que te angusties con una empresa tan difícil. Tal y como están las cosas, con Pablo en América, y Leo que no suelta prenda, puedes encontrarte un camino que no va a ninguna parte, porque en definitiva, ellos son los ladrones y ya está todo en manos de la policía. Mejor que dejes que los pergaminos se pudran y nunca más se sepa nada.
El Vasco no podía encajar estas razones. Loli, con la eterna cuchara en la mano, seguía intentando abrirle los ojos y se imponía a sí misma tratarlo con la mayor delicadeza:
—Mira, mi amor: yo creo que por ti mismo, cuando se hayan calmado las últimas tormentas, te irás convenciendo de que cuanto más te empeñes, peor será el resultado, y a lo mejor no lo encuentras. Lo que nos preocupa es el tratamiento de tu madre; y luego, sin desasosiego, ya nos dedicaremos los dos a buscar tu herencia, sin prisas —esto último, lo decía con un deje que se adivinaba ficticio, como si no estuviera muy convencida—. Imagínate que no lo encuentras y te pasas la vida sin dar remedio a lo verdadero: nuestra vida, que es lo único que debe importarnos; aunque, por supuesto, yo no quiero forzar nada, porque la decisión ha de ser sólo tuya.
El Vasco, en el titubeo, encontró un resquicio:
—¿Y va a quedar así para la historia? Se perderá definitivamente.
Aprovechó Loli la debilidad pasajera:
—A la historia, que le den morcillas. Lo importante, te repito, es lo importante. ¡Cuántas cosas se habrán perdido, y aquí estamos!
El Vasco retrocedió diciendo:
—No es imposible encontrarlo; prueba de ello es que si hubiera medido un poco mejor mis pasos, a estas horas ya tendría demostrado que me pertenece. Unicamente me faltan unos datos que casi los he tenido en la mano. Totalmente cierto es que El Baco se encuentra en una bodega en Tierra de Campos, pero es inútil encontrarlo hasta que no acredite, con los pergaminos, que el retablo medieval me pertenece por herencia. El gasto que supondría la curación de mi madre, nadie podría soportarlo y aunque tu familia aceptara sufragarlo sería una ruina. No, no, de ninguna manera. Yo me encontraría atado, sin libertad de movimientos.
El Vasco rascaba la barbilla y miraba fijamente el salero de las vinagreras mientras seguía reflexionando en voz alta:
—Además, yo soy Arias. Teniendo las pruebas de los pergaminos, sería irrefutable cualquier pretensión en contra de mí. Cuando mi padre ejercía de cura en la diócesis de Astorga, los tuvo en sus manos, y él sabe ciertamente que allí dice que son míos, porque un antepasado nuestro llamado Arias Didaz era el dueño absoluto. Después, los avatares por los que mi padre se vio obligado a sobrellevar tragedia tras tragedia, hicieron que no pudiera quedarse con ellos, pues le coincidió con las marejadas de su marcha para la diócesis de Bilbao y después a Arequipa. Ya nunca volvió a España. ¡Pobre mi viejo! —el Vasco, consecutivamente, decaía en su ánimo sin que Loli pudiera levantarlo, a pesar de que seguía intentándolo:
—Aunque aparezcan los pergaminos, El Baco puede haber desaparecido en todos estos años.
Reaccionó el Vasco con ceño duro y mirada al suelo:
—En el año cincuenta lo vio mi padre con sus propios ojos en una bodega. Me decía que era como un Pantocrátor Románico con figuras a los lados. Cualquier museo me pagaría una fortuna.
—¿Es posible que no se acordara del lugar exacto de la bodega?
Sesgó el Vasco la boca con acre desdén:
—No es eso, porque al cabo de algún tiempo volvió a Matallana, que es donde lo había visto y ya había desaparecido. Alguien lo cambió de sitio; seguro que no ha sido quemado ni nada por el estilo. Tengo que encontrarlo, no puede haberlo tragado la tierra; ya encontraré el método, aunque sea pidiendo en el concurso de traslados un Instituto cercano; si no fuera posible en la misma ciudad de León, sería muy fácil en Sahagún de Campos o en Valencia de Don Juan... Una vez allí, ya me encargaría yo de ir entrando poco a poco hasta mimetizarme con las gentes de aquellos pueblos. La investigación se haría relativamente fácil.
Durante la conversación, Loli se fue ratificando en que el Vasco llevaba sellada en la mente una obsesión latente y constante desde niño, por lo que no dio más vueltas. Comprendió que no cedería en su empeño, para lo que necesitaría colaboración desinteresada en su empresa cargada de impedimentos. El más arduo sería cambiar de provincia, marchar a los duros inviernos del norte, quizás para meterse en un pueblo rudo y pobre, sin parangón con los pueblos de Andalucía, donde sus habitantes ni siquiera bailan, sólo luchan como los osos de sus montañas agarrados por el cuero de la cintura; y los rostros impertérritos de los espectadores, sin jalear a ningún contrincante, esperan el veredicto que la naturaleza haya deparado al más hercúleo de los mozos. El Vasco, en varias ocasiones, le había descrito sus primeras correrías por tierras leonesas antes de que lo pillaran con el Tumbo Viejo de San Pedro de Montes dentro de su equipaje, la primera vez que había visitado el archivo de Astorga. Ya le había contado a Loli que había pasado unas navidades y dos «semanasantas» por aquellas tierras, donde los hombres, en invierno, no hacen nada sino echar eternas partidas en las cantinas llenas de humo y olor a rancio; con calles sin asfalto, lapachares en los que se atollan las galochas y las pezuñas; con las cuadras del ganado al lado de las casas, aunque no les importa porque todos padecen una especie de cacosmia por la que les son consustanciales los olores fétidos. A Loli nada le importaba si seguía consiguiendo el amor más acendrado de su vida.