Hemos de conseguir que todos los trabajadores se mantengan igual de ilusionados con la propiedad de su empresa o de otras, lo mismo que algunos se mantienen ilusionados por los resultados de la liga de fútbol. Yo mismo he realizado una encuesta a modo de prueba y sin rigor científico-estadístico, pero es revelador que al hablar sobre este tema con más de cien trabajadores de distintas empresas, no he podido encontrar más desolador el panorama. Por ejemplo, nadie me ha sabido decir cuánto cuesta la empresa en la que trabaja. Nadie ha sabido que él puede ser propietario de la veinticinco millonésima parte de su empresa por mil, dos mil o tres mil pesetas. He comprobado que todos tienen mitificado, como extraño o como lejano e inalcanzable, porque así han sido educados para ello, ese mundo de compra de las empresas. Es claro también que algunas empresas dan participación a los trabajadores, pero no les interesa que se asocien en un sindicato y se junten a efectos de Consejo de Administración todas las acciones de los empleados. Más desolador me ha resultado, que la misma ignorancia, o más, las tienen colegas míos de profesión. Es significativo que el otro día un compañero, catedrático de Historia, que como muchos se las da de progresista, me dijera, cuando leía las páginas económicas de un periódico: "No puedo entender ni concebir cómo un profesor de Literatura (lo decía por mí, claro está) se pueda entretener en leer esos números tan prosaicos, tan reaccionarios, tan faltos de contenido ideológico o artístico y tan ligados a los asquerosos capitalistas". Desde luego, estas palabras hablan por sí solas. Pues así de desolador está el panorama; por eso, tenemos delante una tarea ingente de transformadores de la sociedad, tan engañada en algunos sectores por las estructuras de siempre y como ya lo hemos comprobado, pueden cambiar las personas dirigentes, pero si no cambian las estructuras, el obrero, con más convenios o menos convenios siempre será un esclavo, un explotado y un miserable. FIN