Recordemos que únicamente las riberas de los ríos de toda la Península, con escasos vanos transitables entre las tupidas selvas, estaban pobladas por indígenas que, si bien solamente el reyezuelo vestía con pieles toscas y los súbditos desnudos, ya articulaban palabras tales como “rrasko”, “rruguiu”, “vaika”, “barro”—evito las transcripciones fonéticas— y tantas otras palabras primitivas, pertenecientes a guturalizaciones o a articulaciones laringales comunes a todos los hombres primitivos, y otros modos expresivos cuasi-articulados, con las que nuestros ancestros hispanos llamaban a la pareja cuando deseaban amarse o se invitaban a dar un paseo por la playa observando el sol y la luna imaginando solamente que aquellos luceros, como seres superiores, los observaban y les proporcionaban luz calor y vida. Hasta bien entrada la Edad Media, otros reyes rubios y conquistadores no empezaron a usar pieles de armiño en sus capas blancas con pintas negras en las puntas de los rabos.
En tiempos de Michelena, también en Salamanca, escuché una conferencia sobre la belleza literaria en la Biblia, allá por el año sesenta y tantos, a un fraile dominico de San Esteban. Éste no sólo recitaba de memoria a Tito Livio, a Jenofonte, el Gilgamesh o el libro del Génesis en hebreo. ¡Qué bárbaro! ¡Era un lingüista de los de antes! Descifraba jeroglíficos egipcios y todo el cuneiforme que se le presentara. Al terminar de recitar los capítulos del arca de Noé, comunicó tal emoción que levantó al auditorio como el mayor divo de la ópera de Bayreuth y arrancó en el público el más caluroso aplauso. ¡Menuda retórica!
Independientemente de las discusiones entre paleontólogos y exegetas, la belleza literaria de los capítulos ocho, nueve y once del Génesis, que comentaba, es inigualable entre los textos antiguos de la Humanidad. Después del diluvio universal: “se cerraron los manantiales del abismo del mar y las cataratas del cielo…” “… Y el arca, el día 27 del mes séptimo reposó sobre los montes de Armenia …”[4] ¡Ojo, que dice: los montes de Armenia!
En el cap. 10 se narra la descendencia de Noé y termina diciendo: “Estas son las familias de Noé, repartidas en sus pueblos y naciones. De estas (familias) se propagaron las diversas gentes en la tierra después del diluvio.
Y empieza el capítulo 11 diciendo: “- Todo el mundo hablaba una misma lengua y empleaba las mismas palabras”. “…se llamó Babel (que quiere decir confusión): allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra”.
Después de leer el ingente trabajo de Alfredo Trombetti,[5] sólo puedo sorprenderme ante las conclusiones lingüísticas que llevan a asombrarse doblemente al cotejarlas con la excelsa literatura del libro del Génesis arriba citado, lo que, a su vez, apunta a sostener la teoría de la monogénesis de todas las lenguas del mundo, entroncando así con la teoría sostenida por Michelena y sus discípulos, profesores de las “ikastolas”, que de sus enseñanzas han bebido.Armenia Pixabay