Antonio Marculeta habló en voz alta:
—Conozco muy bien esa edad de los muchachos, desde los catorce a los diecinueve años, en la que soy especialista, lo mismo que usted conoce la redacción de las más raras escrituraciones de compraventas. Le puedo ahorrar muchos paseos en balde y muchos quiebros que puede evitarse; y sobre todo, lo que le puedo garantizar desde ahora mismo es que podré conseguir lo que usted busca, pero he de obtener una compensación por ello; además usted es abogado, ¿no? Nadie mejor que usted me puede sacar del atropello en el que la vida me ha arrinconado.
—¿Qué atropello? Pero, ¿de qué me habla?
—Pablo tiene los pergaminos con los que yo puedo demostrar que el retablo románico del dios Baco es mío y me pertenece por herencia directa.
El notario quedó anonadado con tal respuesta sin saber qué reprocharle, pero improvisó pincelada maestra:
—El cuaderno del hermano de mi madre no dice eso. Yo, hace muchos años que no le hago caso, pero tengo idea de que mi tío, lo que quería demostrar, aparte de una civilización perdida de culto al dios Baco, era que todo el contenido de la bodega le pertenecía a mis padres incluido el cuadro de El Baco.
Habló José Arias muy contrariado:
—Eso es imposible, pues mi padre y mi abuelo paterno, el médico, lo tenían muy estudiado, lo que pasa es que con la guerra ya le perdieron la pista; bueno, ya se la había perdido mi abuelo; al cuadro, se entiende, porque mi padre, en una ocasión, tuvo en sus manos los dos pergaminos, el de la miniatura y el que dice que nuestro antepasado nunca cedió el cuadro a nadie, sino que sólo lo depositó en el monasterio de San Pedro de Montes para que unos frailes del Bierzo lo custodiaran; con las creencias de entonces, para que nadie se condenara por adorarlo. Lo que sí regaló a la Iglesia fue la bodega y todas las casas y tierras. Después, a lo largo de la historia no se conocieron las distintas enajenaciones. Todo eso me lo metió mi padre en la cabeza de tal manera que no se me olvidará nunca —guiñaba los dos ojos incesantemente y el parpadeo recordaba el vuelo de un colibrí de lo deprisa que aleteaba—. Además, a usted no le hace falta El Baco, pues debe de ganar mucho dinero; y yo, por el contrario, carezco de riquezas y, sin embargo, tengo que sacar a mi madre de la pocilga inmunda donde se encuentra y llevarla a curar a los mejores psiquiatras de Estados Unidos —hablaba Antonio Marculeta algo más calmado—. ¡Pobre mi viejo! ¡Pobre mi viejo! ¡Cuánto le hicieron sufrir las jodidas circunstancias —le asaltaba José Arias— por ser un hombre bueno. Estoy seguro de que si se hubiera casado con mi madre —le dictó el tercero— nada de esto hubiera sucedido: El Baco hace años que hubiera sido nuestro, aunque creo que ya sé donde se encuentra; pero sin los pergaminos, que me tiene Pablo, no podré demostrar nada. Por eso me es imprescindible que alguien me ayude; nadie mejor que usted, profesional del Derecho. ¡Pobre mi viejo! —culminaba José Arias—: todavía no sé en qué clase de circunstancias extrañas murió en Arequipa. En el telegrama, el Arzobispo sólo me anunciaba que había muerto en circunstancias extrañas y que me enviaba dos baúles que contenían sus pertenencias. Es hoy el día en que el Arzobispo de Arequipa no sabe que soy su hijo, todavía cree que soy su sobrino, pero soy su hijo y me enorgullezco de haber tenido un padre tan digno, y lo he de proclamar a los cuatro vientos, que nadie ni nada tengan que tomar esto como una vergüenza, sino todo lo contrario.
Se liberó José Arias de un gran peso, como si le hubieran quitado un estilete que constantemente le punzara el cerebro y ocultó los ojos tras las manos en la frente, conteniendo el llanto con dolor de sienes, por lo que el notario se emocionó tanto al verlo que se acordó de Honorino el Viejo, y permanecieron ambos unos minutos en silencio, sin poder articular palabra.
66
El Vasco, recordando la conversación que había tenido con Leo y con Clara, le dijo al notario:
—Todavía no se me ha ocurrido cómo abordar a Pablo. De momento tendrá que ser por carta. Me parece que usted está desinformado, porque su padre, en verdad, le regaló el cuaderno a Pablo cuando éste pasó por su casa —se vio cogido Honorino—; por lo tanto, si Pablo no cambia por voluntad propia, me temo que usted no recupere nunca el cuaderno de su tío.
Resumía el notario sus reflexiones:
—Creo que, por separado, no podremos hacer nada. Sería mejor reunir los esfuerzos, porque lo que anhelamos llevar a cabo por separado es lo que se les ha ocurrido siempre a los perdedores en la historia: tirar cada cual por su camino olvidando el norte, sin conseguir lo pretendido. Fíjese usted en lo paradójico que resulta el cerebro humano por resbaladizo: por una parte parece la organización más perfecta y con más capacidades, y por otra se muestra más frágil que una pavesa que parece que está tiesa, y cuando menos se espera, se quiebra por cualquier sitio. Eso nos está ocurriendo a nosotros.
Contestó el super ego del Vasco:
—Usted me ha propuesto que colaboremos. Yo creo que podemos hacerlo todos los interesados en el tema.
Siguió el notario:
—Lo primero, hemos de dar con esos escritos en pergaminos originales, que usted asegura custodia Pablo. Veremos si de ahí se puede inferir algo. Si, en realidad, El Baco le pertenece a usted, usted se lo lleva y santas pascuas; todos tan contentos. —El notario estaba seguro de que unos pergaminos de la Edad Media no tienen ningún valor jurídico para probar absolutamente nada—. Yo, con quedarme con el cuaderno de mi tío, que en realidad era de mi padre y por lo tanto mío, me conformo. No tengo constancia de que mi padre regalara el cuaderno a Pablo —¿podría estar pensando el notario que, una vez obtenido el cuaderno, tendría ocasión de buscar el tumbo de la bodega y después... ¡ya veríamos!; y que quizá, por alguna parte, citara dónde estaban depositadas las hijuelas de Ceferino donde figuraran todas sus propiedades incluida la bodega con todo su contenido; y por lo tanto, también con el retablo de El Baco? Desde luego, las hijuelas podrían ser documentos válidos a la hora de dirimir un pleito subsiguiente a las herencias. Siguió diciendo Honorino al Vasco—: Al catedrático que estuvo hablando con mi padre le podremos dar permiso para investigar lo que quiera sin cortapisas, y que en su currículum figure como un investigador de Historia y de Lingüística. Por supuesto, podremos facilitarle las informaciones secundarias que necesite y podamos ofrecerle. Usted, tiene que averiguar qué otros profesores andan tras nuestro asunto; y ya que se muestran interesados culturalmente, no vamos a ladearlos. Algo hemos de ofrecerles.