campos, constituyera un capítulo de la historia cerrado en falso, sin que nadie, hasta esos profesores malagueños, le hubiera concedido la importancia que merecía. Después de estas palabras, prefirió no entrar en profundidades. Adivinó en ellas una intención más noble que la del Vasco, después de haber vacilado en su preferencia por el uno o por el otro como colaboradores inmediatos. El notario prosiguió recalcando e individualizando cada palabra que pronunciaba:
—Quizá por deformación profesional, me agradaría contar con algunas garantías.
—En todo caso —interrumpió Emilio con una sonrisa complaciente— tendría que ser yo el que…
Volvió a interrumpir el notario:
—No. Verá usted: no es precisamente desconfianza lo que usted me inspira, sino todo lo contrario. Además, a usted, en definitiva, mi padre, es al único que dio carta blanca y le ofreció toda clase de facilidades en lo que a él concerniera; y quizá mi subconsciente me haya dictado que es a usted al que tenga que pedir ayuda; porque yo, la verdad, de este tipo de investigaciones, no conozco método ni me imagino de qué índole han de ser las bases para contar con el éxito soñado. Por eso, definitivamente, cuento con su ayuda.
Al notario dejaban de interesarle las posesiones de las fincas rústicas, y después de haber vislumbrado la importancia histórica de lo que él nunca había sospechado, concluyó:
—Nuestra mutua colaboración nos llevará irremediablemente a ponernos de acuerdo para encontrar tanto el retablo de El Baco, como los manuscritos originales de la bodega, de los que nadie ha vuelto a saber nada desde aquel día en que a mis padres les expoliaron todo; y, por supuesto, redactar las conclusiones a las que lleguemos.
Antes de despedirse, Emilio aceptaba exultante las propuestas de colaboración en la búsqueda de El Baco y quedaron en entretejer pormenores durante el próximo verano, con lo que el notario ya tenía atados dos cabos por si acaso el primero se soltaba; y en definitiva, Emilio, por lo menos, tenía las copias del cuaderno en el trabajo de Clara, como había dicho, aparte de que también le parecía más inteligente que el Vasco.
68
Emilio, después de lo que había concertado con Honorino, llamó a Damián para decirle lo necios que habían sido, porque ahora se veían mermadas las posibilidades de llevar a cabo sus investigaciones, pues carecían de datos; y no iban a recorrer la provincia de León casa por casa y bodega por bodega buscando El Baco; a lo que respondía Damián que contaban con la colaboración de Darío y de su mujer. Emilio insistía haciéndole ver que por sí solos nada podrían alcanzar si no conseguían que Pablo les enviara los pergaminos que guardaba, que quizá allí estuviera la clave de la ubicación de El Baco. Damián se encontró desconcertado cuando le oyó hablar de tales pergaminos, por lo que instaba a Emilio a que le dijera de dónde había sacado tal cosa.
Emilio, que nada le había revelado acerca de su entrevista con Honorino el viejo, y del seguimiento que había hecho a la investigación de la policía en el Instituto, lo enredó de tal manera que ni él mismo sabía si había que empezar por el principio o por el final, pues en sus frases, mezclaba elementos de toda índole para no poder desenmarañarlos. Así mismo, quedó Emilio totalmente despistado cuando oyó de Damián que si él le había puesto un sobresaliente a Clara, sería porque la chica era muy inteligente, por lo que estaba totalmente seguro de que ella sabría cómo obtener, por lo menos, una copia fiel de los dos pergaminos que andaba buscando la policía. Tanto uno como otro comprendieron que se ocultaban noticias, y, como ya ninguno consideraba al otro inocente, creció la tirantez entre ellos. En definitiva, los dos estaban enterados prácticamente de las mismas cosas.
Por más vueltas que le dio Emilio al asunto, no se le ocurría más que la solución fácil: que Clara le pidiera a Pablo una copia fiel de todo lo que viera en los pergaminos; pero comprendía que Pablo no iba a aceptar, pues supondría declararse culpable de robo. Sería más idóneo indicarle que no dejara rastro de sus huellas, pero, a la postre, todo le resultaban pretensiones hueras, aunque lo mejor, desde luego, sería una fotocopia y hacerle la promesa de que nadie se enteraría de su procedencia. También le parecía muy cándida la propuesta. Quizás habría que amenazarlo con descubrirlo a las claras, pero de esta manera se esfumaría la posibilidad de la investigación de El Baco. Al fin, decidió que sería mejor utilizar a Clara como intermediaria, y volvía una y otra vez sobre las primeras soluciones sin aclararse sobre qué determinación tomaría.
Damián, que era algo tímido en sus pensamientos, recurrió otra vez a sus amigos Nachi y Darío. Trasnocharon hasta las cinco de la mañana, en el apartamento de Darío, un fin de semana, tratando también de encontrar alguna solución válida para rescatar los pergaminos que tenía Pablo, de manera que nadie pudiera acusarlos de ladrones; y los tres decidieron llamar a Clara el próximo sábado para reunirse en el mismo apartamento. Clara y Leo acudieron a la cita de los profesores. Damián, Nachi y Darío se hicieron los simpáticos con ellos y terminaron departiendo en tono amigable:
—Podremos hacer una investigación conjunta, porque es muy importante — decía Damián—, y yo creo que dará trabajo para cuatro o cinco personas, pero faltan datos cruciales que se pueden deducir de los pergaminos que tiene Pablo.
Con estas propuestas y otras razones, Clara ya estaba convencida. Pero Leo no soltaba prenda y llegó, incluso, a sospechar que Clara se habría ido de la lengua contándole a Damián, mientras comentaban el trabajo, que Pablo tenía los pergaminos que habían sido robados en el archivo de Astorga. No quería creerlo y se torturaba en sus conjeturas. Quizá hubiera sido el Vasco, opción más probable. No fue capaz de urdir insidias para salir de dudas y resolver el dilema, por lo que esa espina le quedó clavada en los lóbulos frontales de su cerebro. Arrugaba el hocico. Tratándose de profesores ya estaba desengañado. Además, los había observado pesquisidores e interrogativos, y se había asombrado de que Emilio y el Vasco, que cuchicheaban ellos solos, o bien con Damián, e incluso con el notario, ahora estuvieran ausentes; y, sin embargo, se mezclaran Nachi y Darío, que nada tenían que ver con este asunto. Por eso, muy decididamente, pretendió Leo convencer a Clara de que no debían hacer caso a nadie, se tratara de quien se tratara, y mucho menos involucrando a Pablo; y aprovechó la circunstancia para ponerse a escribirle a la mañana siguiente:
Querido Pablo:
Otra vez estamos enfollonados, aunque ahora se ven las cosas desde otro prisma. Te había dicho que el Vasco había resultado rana, pero es poco, porque en realidad ha resultado sapo. Dice que tú robaste joyas, dinero y el cuaderno. Y nos lo dijo a la cara, el muy cachondo.
Por aquí hemos visto al hijo de tu padrino, el notario de La Coruña, que anda tramando algo con los tres profesores: el Vasco, Emilio, el de latín, y Damián. Ahora te vas a quedar de piedra: resulta que Damián el de Historia está también enamorado de Eva. Cuando le devolvió el trabajo a Clara, que por cierto, le puso un sobresaliente, mira lo que había olvidado dentro del trabajo: un poema a Eva. Parece que andaba celoso del Vasco, pero lo del Vasco y Eva se acabó pronto, por lo que Eva todavía no ha levantado cabeza. El Vasco se ha liado con aquella profesora de francés que hablaba “fisno”. Ahí va el poema de Damián: