Todo está inventado en el paso quejumbroso de la vida.
Rusa sonrisa rosa que se avecina.
Se cayó el mito
Y ahora, ¿qué?
No tengo cuero para calzarte,
ni lino para vestirte,
ni crines por el aire
para soñarte.
tampoco un tallo con que sostenerte.
Y antes, ¿qué?
No tenía más que pinceles
para pintarte.
Jamás me dejaba el pulso torpe,
ni nada que nadie ofreciera
por poseerte.
Cada beso rival en tus labios
tan cerca de mi presencia
cavaba un millón de metros
en la fosa umbría
de mi aniquilamiento.
¡Uy, cerebro mío!
¡Qué desbarajuste!
¿Cómo poner orden
en la mente airada
si mi galope es lento
y mi trote veloz y resbaladizo?
La cal es negra,
la caña amarga;
y ¿tú?
Verde esmeralda.
Y después ¿qué?
Como la zaranda.
Lo chico cuela,
lo grande queda.
Se irán los remolinos.
No volverán a la senda polvorienta.
Se desplomarán los muros, en silencio, sin estruendo.
Y sólo quedarás tú, cariátide, en mi recuerdo, Eva idolatrada.
Yo creo definitivamente que tú tenías mucha razón cuando decías que los profesores de letras andan desorientados; y no logro encontrar la causa de tal despiste. Da la impresión de que los profesores de esa generación entre los treinta y cuarenta años están jodidos de la cabeza; a veces parece que todos están locos y otras veces parecen cuerdos; pero así todo, de una manera rara. Bueno, no generalicemos porque siempre hay excepciones.
Mientras Leo redactaba esta carta, Clara, a su lado, se mostraba impaciente por intervenir en ella. No se atrevía Leo a ser totalmente sincero, pues seguía pensando que muy posiblemente, sin haberse dado cuenta, hubiera cometido Clara la imprudencia de contarle a Damián que Pablo tenía los dos pergaminos originales, por lo que cierto sentimiento de culpabilidad lo invadía. A punto estaba de escribir lo siguiente: «Están locos y van a conseguir ponernos locos a todos; incluso estoy pensando que, o bien Clara o bien yo mismo te hemos traicionado inconscientemente, porque a Damián alguien le ha dicho que tú tienes los dos pergaminos que faltan del archivo de Astorga». También pensaba a velocidades estelares que, quizá así, podría iniciar una discusión con Clara y colegir si ella habría metido la pata. En el momento que se quedó pensando para redactar estas ideas, insistió Clara:
—¡Venga!, déjame, de una vez, escribir algo —tiraba de una esquina de la hoja provocando un rayón en la escritura; por lo que cercenó en Leo la coherencia en la sintaxis de su escrito y siguió de otro modo:
Clara me está diciendo que le deje la cuartilla. Se la paso.
Inolvidable Pablo: Soy Clara. ¿No te parece bueno el poema de Damián? A mí me encanta y me fascina la disposición en forma de columna; de cariátide griega como él mismo dice en el último verso. Para ver la cariátice tienes que entornar los ojos y mantenerlos casi cerrados, desde lejos; de manera que tu mirada forme con el papel un ángulo de cuarenta y cinco grados. Hemos tenido una discusión porque Leo dice que la literatura no vale para nada, como dos idiotas hemos llegado al acaloramiento, sin saber por qué: la eterna discusión tópica para recalcar la superioridad de los de ciencias puras... ¿Qué le vamos a hacer? Si tú piensas como él, ya se os irá ablandando la cabezota. Leo estaba muy preocupado por la difamación que profería el Vasco contra ti, y ya le decía yo, que parece mentira que tanto tiempo inseparables y todavía no te conociera del todo. ¿No es cierto que te importa tres pepinos? De la misma manera se extrañaba de que Damián estuviera enamorado de Eva. De Eva está enamorado medio Instituto. Es más, creo que de Eva está enamorada media Málaga. Yo siempre le he dicho que se presente a miss España, que gana; lo mismo que se extraña de que todas las alumnas se pirren por el Vasco, cuando es evidente que es el único profesor de veras atractivo. Hombre, Damián no está mal, pero resulta un poco cursi. ¿Qué tal se presenta el panorama