para fin de curso? Esperemos que nos vaya a todos bien. Tú cuenta todo lo que veas y manda fotos, aunque mejor sería una cinta de vídeo con todo lo que se te ocurra; cualquier cosa de tu alrededor nos gustará verla.
Esta Semana Santa se presenta como la mejor de todas, lástima que faltes tú. Por primera vez me permitirán salir sin límite de hora, y pensamos acostarnos a las cinco de la mañana. A Leo tendré que controlarle los cubatas, porque si no, terminará todas las noches borracho. ¿Recuerdas el año pasado la procesión de los Estudiantes? ¡Imagínate este año! En fin, qué le vamos a contar a un malagueño sobre la Semana Santa: se nos siguen poniendo los vellos de punta; y Leo, que se hace el duro, aunque diga lo contrario, también se emociona al ver pasar los tronos. La tribuna de los pobres estará apoteósica. ¿No te trae todo esto recuerdos y nostalgias? Recibe cien besos con sabor a limones primaverales de tus amigos Leo y Clara.
Voy a terminar yo la carta. Como Clara ya te dice todo, no me ha dejado lugar a que yo me explaye. Ya he sacado el carnet de conducir. Me examiné del práctico el mismo día que cumplí dieciocho años. Le digo a Clara que empiece a prepararse porque el carnet de conducir es un hito en la vida de las personas, por lo menos para mí, que desde entonces me siento libre. Hasta siempre. Leonardo.
No se atrevió Leo a mencionar en esta carta los pergaminos, porque la ocasión la había perdido cuando Clara le tiraba de la hoja, y no encontró el modo de recuperar el momento en el que estuvo en un tris de decirle que Damián sabía que los tenía Pablo. Se había visto en la encrucijada de tener que relatarle sus sospechas de que Clara se hubiera ido de la lengua, y al fin decidió guardar silencio porque de lo contrario podría haber atado, entre Clara y él, un nudo tan inextricable y feo que pareciera un gurruño despreciable. A pesar de todo, quedó una heridilla a los ojos de Clara incomprensible, por lo que creía que tanta agitación, tantas idas y venidas, tantos dimes y diretes, habrían ocasionado en Leo un cambio de carácter.
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(L. v. Beethoven. «Sonata Appassionata, Op. 57»)
El domingo de Ramos, el Vasco ya se paseaba por Astorga mientras la procesión de la borriquilla salía de la iglesia de Rectivía. Durante todo el día deambuló por la muy noble, leal y benemérita ciudad; contempló la estatua de Pedro Mato en lo alto de la catedral; preguntó a unos y a otros por el significado histórico de tan singular centinela abanderado, de cuya procedencia nadie supo darle razón alguna; llegó a entrar en la catedral e incluso se asomó a la sacristía movido por curiosidad desmedida, pero de las ojeadas lúgubres en la penumbra interrumpida por los rayos oblicuos disparados desde las vidrieras del mediodía, no concluyó sino que un orden ancestral era lo que imperaba envuelto en olor a ácaros, cera quemada y a ropones impregnados por el humo del incienso. Tuvo tiempo de todo, hasta de asistir a la liturgia de ese domingo con la bendición episcopal de los ramos y las palmas, durante la cual le iban y le venían los maullidos del gato de la sacristía. Reconstruyó,“in situ”, la entrada de Pablo y Leo, imaginando todos sus movimientos, observando la gran puerta de madera negra de la sacristía. Después de todos esos devaneos mentales, salió de la catedral y llegó, entre la chiquillería reluciente, hasta la pensión García. Oyó un refrán muy antiguo: «Quien no estrena en Domingo de Ramos, no tiene manos», y comprobó que todo el mundo llevaba la ropa nueva, incluidos pañuelos y cordones de los zapatos. Se sentó en el restaurante: alubias con almejas y congrio al ajo arriero. El calicó y tafetán se habían convertido en paño oscuro de lana de Béjar, porque un viento gélido soplaba desde la muralla, procedente del puerto de Manzanal y del Teleno.
José Arias se revolvía contra sí mismo insultándose y recriminándose torpeza. Antonio Marculeta no pudo contener la risa sonora recordándose porteador de Pablo, y como si se tratara de corriente alterna cambiaban los papeles: ora se reía Arias ora se revolvía Marculeta.
A diferencia de otras sobremesas, el Vasco se sintió desolado, abúlico; y no terminó ninguno de los dos exquisitos platos caseros. El murmullo del restaurante le aplastaba la cabeza. Ni siquiera se sorprendió de encontrar en la misma mesa a las remilgadas señoras provincianas, herederas de grandes fortunas de indiano maragato, que conversaban acerca de los mismos temas que hacía unos meses y ganaban indulgencias comiendo pescado hasta el Domingo de Gloria. Sólo el clima era distinto al del verano. Recordaba su gula la noche en que se le iban los ojos tras el congrio y el lenguado que Pablo engullía compulsivamente, cuando él había cenado sopa de sobre con huevos fritos, contraponiendo aquel mal recuerdo al momento presente. En esta templanza se relajó de tal manera que los glúteos eran atraídos por el centro de la tierra y los hombros se le desmadejaban. Comenzaba a sentirse seguro de sí mismo como hacía muchos años que no se sentía; pero a la vez, un tinte de indiferencia veló su retina como si viera turbio el horizonte creyendo, por momentos, que la miopía, de repente, le hubiera aumentado. Inmerso en estos sentimientos, nada se mezclaba en su mente que no fuera un confluir, hacia la identificación con un sólo personaje, de sus heterónimos internos; y sin poder analizar las causas, un desinterés total invadió su persona, de tal manera que hubiera deseado encontrarse en cualquier lugar del mundo menos donde se encontraba. Incluso le pasó por la cabeza abandonar la empresa, que lo desgastaba hasta hacerse deleznable, y no asistir a la cita con Honorino el Notario en el motel Pradorrey, donde habían quedado en hospedarse esa noche del Domingo de Ramos al Lunes Santo. Como se le disipaba la gallardía por momentos, no pudo evitar un retroceso escalonado en su estado anímico: se reafirmó en que el pasado verano su libido andaba desatada, y por distraído había perdido la partida contra Pablo y Leo. Sintió envidia de la estatua de Pedro Mato, único testigo mudo de los hechos ciertos, acompañándole desgana tan desmedida, que sus pensamientos se iban haciendo cada vez más erráticos, aunque se identificaba momento tras momento en una sola persona: José Antonio Arias Markuleta. En esto, el ondulante camarero, al verlo, interpretó que esperaba el postre y le extendió la pequeña carta que rechazó al momento:
—Un café solo y un puro faria —se le antojó al ver fumar a los hombres lugareños—. También una copa de Carlos Primero —quería animarse.
Sin nada en las manos, volvió el hombre de la chaquetilla blanca y pantalón negro con la pajarita ladeada por tanto ajetreo, con un mensaje:
—Supongo que será usted don José Antonio Arias. Pase usted dentro, que lo llaman por teléfono.