—Dígame.
—Soy Honorino Acebes Llamazares.
—¡Hombre! ¿Desde dónde llama? ¿Ya ha llegado? Hasta la noche no lo esperaba.
—No, aguarde un momento. Tengo que comunicarle lo siguiente: a última hora no he podido dejar la notaría en manos de nadie y se me han complicado las cosas con unas redacciones de escrituras de un compañero que ayer, por desgracia, falleció de repente; de manera que no sabe lo que siento no poder acudir a Astorga cuando ya casi tenía un pie en la carretera. No podrá ser por ahora.
—El inconveniente es que yo no tengo vacaciones hasta el verano.
—No sabe lo que lo siento. Tiene usted que culpar a la mala fortuna, porque salir hoy hacia Astorga me resulta de todo punto imposible. No obstante, puede usted ir adelantando algo en nuestro trabajo.
—Lo que habíamos planeado fue su entrevista con el Obispo de Astorga en la que se presentaría como notario y como abogado para certificar que los pergaminos que tiene Pablo pertenecen a la Diócesis, y sólo nosotros podemos dar con ellos, porque sabemos dónde se encuentran en América.
—Eso tenemos que perfilarlo más despacio, y no es para hablarlo por teléfono. Ahora tengo mucha prisa y no puedo dedicarle más tiempo; además llevo tres cuartos de hora llamando a todos los restaurantes de Astorga, y menos mal que lo he encontrado. La realidad es que no sé si consciente o inconscientemente, todavía no me ha comunicado usted dónde se encuentran los pergaminos. Sólo usted lo sabe, pero da igual; me hago cargo; no es ese el asunto. El mayor escollo lo constituye el que hasta el verano no podamos vernos de nuevo. No me importa ir a mí solo cualquier fin de semana, y si hemos de reunirnos, tenga en cuenta que de Santiago a Málaga hay vuelos directos, y en cualquier momento podemos plantear las estrategias. A pesar de todo, si puede investigar algo por su cuenta aprovechando que se encuentra usted en Astorga, será camino adelantado; y si no, ya retomaremos juntos nuestra singladura.
—Bueno, pues, entonces, cuando le venga bien acercarse a Málaga ya me llamará otra vez. ¿De acuerdo?
—De acuerdo don José Antonio. Hasta la próxima.
—Hasta la próxima, don Honorino.
El Vasco colgó el teléfono habiéndole levantado el ánimo la conferencia, pero una vez que entró en su soledad de nuevo, se vino abajo. Ya tenía el café, copa y puro encima de la mesa, y en pequeños sorbos y caladas se desmoronaba en presagios, hasta que, pensativo, se quedó él solo, una vez que los últimos murmullos desaparecieron. Después de haber cambiado todos los manteles, el pingüino lo sorprendió con un ofrecimiento:
—¿Quiere otra copa? Invita la casa.
—No, muchas gracias. Traiga la cuenta.
Cuando salía del restaurante eran ya las cinco menos cuarto. Se encontró
bajando la cuesta del Postigo encaminándose a la Eragudina impulsado sin saber cómo. A medio trayecto, se dio la vuelta para buscar una cabina y llamar a Loli, a Murcia. Paseó por la muralla y por el parque, llegó a la antigua cárcel haciendo tiempo hasta que llegara la noche y tomar el tren de regreso. Entretanto, sacó del bolsillo una carta que había encontrado al desembalar los baúles de su padre cuando le llegaron de América, que no podía dejar de leer, ya que siempre se le resistían algunas ideas que aparentemente se mostraban incongruentes:
Astorga. 12 de Octubre de 1950. (Nuestra Señora del Pilar)
Rvdo. D. Esteban Arias Hernández.
Quintanilla
Querido Esteban: Quisiera empezar por tu“post data”. He de confesarte que en cuanto a erudición no tengo nada que hacer a tu lado. La verdad es que nunca he sabido que hubiera más de un Licurgo: el orador, discípulo de Platón y admirador del dios Dioniso, ya que restableció la memoria del dios de los borrachos levantando de nuevo las ruinas del teatro de Atenas que llevaba su nombre. No obstante, a propósito de tu última carta me he documentado y he podido comprobar que efectivamente en Esparta existió otro Licurgo: el rey de la corrupción, paladín de los gobernantes corruptos. Además, según parece, los griegos inventaron más licurgos, llegaron incluso a inventar uno que tanto los rojos como los nacionales lo utilizaban para su propaganda política. Bueno, claro, digámoslo así para entendernos, ya sé que rojos y azules sólo existen en España, pero como todos los pueblos de la historia se han dividido en dos mitades y una siempre se ha reído de la otra y viceversa, todos querían hacer de Licurgo el patrón de sus costumbres para darle excelso realce y elevarlas a categoría de leyes. Nunca he podido entender por qué han de ser más consideradas las leyes que las costumbres. A fin de cuentas, las leyes las hacen cuatro y las costumbres las hace un pueblo entero; o mejor dicho: varias generaciones de un pueblo. Bueno, no derivemos y sigamos con Licurgo. Fíjate en que existió, según las costumbres orales, otro Licurgo que expulsó de Tracia al dios Dioniso, y al parecer anda errante desde entonces sin saber dónde asentar sus olímpicas posaderas buscando adeptos por los lugares más insospechados. Desde luego, la imaginación humana es ilimitada. Es lo único ilimitado que tenemos; por eso, puede concebir algo que nunca se acabe. Estamos hechos a imagen y semejanza de ese algo infinito; si no, no podríamos ni imaginarlo. ¡Vaya paradoja! Siendo finitos tenemos algo ilimitado desde cualquier dimensión que se observe, por eso la civilización del vino que procede de Grecia, sin duda, acabará cuando acabe el mundo. Dámaso y yo te observamos cuando cogías los diez pergaminos del archivo del seminario y nos planteamos muy seriamente si delatarte o actuar por nuestra cuenta. Supusimos que para ti sería mejor que no se enterara nadie más que nosotros dos, e hicimos un pacto de silencio como si de sigilo de confesión se tratara. De hecho nadie se ha enterado. Por eso convéncete de que no hurgamos en la maleta de nadie, simplemente cogimos los dos pergaminos importantes: el de la miniatura del dios Dioniso y el otro, con los que se puede demostrar que el retablo del dios Baco pertenece a la diócesis, y no a nadie particular, como tú debes creer por la coincidencia del apellido Arias. El resto de los pergaminos, es decir los otros ocho, allí te los dejamos pues carecen de importancia histórica, ya que eran contratos antiguos de compra-ventas que ya no tienen validez alguna.