Hace una semana que me puse a escribirte, y ahí ha estado la carta sin terminar, muerta de risa. Voy a terminarla:
Hoy es un día grande para nosotros: 19 de Octubre de 1950. Hace tres años nació nuestro hombre misterioso que nos hará inmortales mientras no se acabe el mundo.
Recibe un abrazo de El Cascarrabias.
El Vasco se sumió en un mar de incertidumbres porque volvía pertinaz José Arias a dividirle la cabeza. Mientras Antonio Marculeta enjuiciaba al Cascarrabias peyorativamente, el “super ego” lo disculpaba de toda malicia y le dictaba aserciones como estas: «Siempre queremos que tenga razón el que está a nuestro lado y que sea el más digno e incluso el más guapo, pero a veces la razón está de parte del más feo, o del más malo, o del más antipático»; así retomó hiperactividad su cerebro, de tal manera que, a paso rápido, se dirigió a la residencia sacerdotal enfrente del seminario y preguntó por don Cirilo Vega Juárez. Le hicieron pasar por un pasillo largo hasta la habitación en la que residía. Se encontró el Vasco con un cura báculo, que no podía levantar la cabeza pues la barbilla se le incrustaba en el pecho, y para dirigir la mirada movía lentamente todo el cuerpo al tiempo que cerraba el breviario; con voz cavernosa y entrecortada decía:
—Siéntese, hijo, siéntese. ¿Que se le ofrece?
Habló José Arias haciendo suyo cierto arrepentimiento de su padre:
—Soy sobrino de don Esteban Arias Hernández, que ha muerto en Arequipa y me encargó que lo visitara. Me dijo que si moría —siguió el tercer personaje— le pidiera perdón en su nombre, ya que después de escribirle algunas impertinencias nunca recibió más contestación, y le aturdía haber quedado por encima sin razón alguna.
El viejo cura, muy triste, contestó compungido:
—Mejor hubiera sido que se hubiera quedado él con los pergaminos, pues han desaparecido del archivo diocesano hace unos meses. Es una historia muy larga y de nada vale ya reconstruirla. La misa de mañana la aplicaré por su alma. Ya sólo me levanto de esta silla para decir misa. —Tardó más de tres minutos para pronunciar estas palabras.
No aguantó el Vasco la situación más tensa de su vida por lo que había significado, en su mente, el Cascarrabias; no se parecía absolutamente en nada a como lo había imaginado. Algo le apretaba las sienes y le empezó a doler la cabeza.
El cayado cura celta de mejillas rojas le ofreció los nudillos de la mano derecha; y el Vasco, que conocía la antigua costumbre, para despedirse le besó la mano:
—Adiós, don Cirilo.
—Vaya usted con Dios, hijo. —Tardó medio minuto y terminó agotado.
Mientras Clara y Leo escribían a Pablo, Emilio, que se había desentendido de la colaboración de Damián, aprovechó la Semana Santa para viajar a Astorga sin contar con Honorino, ya que había concertado con el mismísimo señor Obispo una audiencia el Viernes Santo por la mañana de diez a once: única hora libre de la apretada agenda episcopal en esos días litúrgicos. Se había presentado por teléfono como investigador y decía la verdad, pues había obtenido el carnet de investigador para consultar libros de la Biblioteca Nacional. Ese carnet le había proporcionado entrada a numerosos archivos y una vez más lo utilizaba para traspasar una barrera de otro modo infranqueable; si bien no le resultó difícil, sobre todo por haberle planteado que él, por un lado, podría investigar, como profesor que era, lo que la policía no había conseguido de los muchachos; y por otro, le expuso que contaba con la colaboración de un eminente jurista oriundo de León precisamente, aunque notario de la Coruña, con todos los detalles oportunos para que, si deseaba, pudiera comprobar la veracidad de las señas. Llegó a pensar Emilio que el riesgo era mínimo, ya que, si por casualidad el obispo ordenaba una comprobación al respecto, lo más que pudiera pasar es que el notario Honorino se molestara por no haber contado con él antes de citarlo; poco riesgo para las posibilidades de salir con éxito del empeño y que nadie comprobara nada. Así fue: al mostrarse interesado en descubrir y recuperar los pergaminos que faltaban del archivo diocesano, el obispo quiso conocerlo personalmente. Además, Emilio le había manifestado comprensión con respecto a que esos días serían los más inadecuados por ser los de mayor concentración litúrgica; y, por otra parte, él no tendría otros más que los de sus vacaciones de Semana Santa. Es por lo que el obispo lo esperaba después de haberse dejado aconsejar del archivero temiendo que, ante cualquier incidencia, se le esfumara esa ocasión única y gratuita, como llovida del cielo.
Emilio llegó a Astorga el Jueves Santo por la tarde cuando empezaba la Procesión del Silencio; no hubiera imaginado, de no haber estado presente, la solemnidad profunda que se adueñaba del aire, más bien frío, por cierto. Sólo se oían las pisadas de los procesionarios, de los “paparrones” y de los cirineos, interrumpidas bruscamente por las campanadas del reloj de los maragatos, tan cortantes, que le segaron el cráneo como si estuviera escuchando en aquel latir el tictac del universo. Entre los atuendos del firmamento buscó aquellos tañidos que se escapaban hacia el Teleno como si de una saeta malagueña se tratara, y compuso su noche astorgana con primorosos ingredientes para endulzar sus infantiles recuerdos: las estrellas anticiclónicas tan brillantes que se clavaban en los ojos, la torre del Ayuntamiento con sus dos muñecos, una saeta como las de Andalucía sin tanta gracia cantada pero con recogimiento, los pasos mucho más austeros, sobre todo la cruz con el paño blanco a modo de bufanda balanceándose y el plenilunio más grande que nunca, a falta de una pizca de achatamiento.
El día siguiente fue desolador para Emilio, pues el Obispo, al verlo, no le hizo mucho caso; y, como siempre había estudiado en los libros oficiales que el ceceo era habla plebeya, no entendió que un investigador, por más que se esforzaba, ceceara de vez en cuando, e incluso se pusiera nervioso en presencia del mitrado, ya que se le trabó la lengua, y en vez de darle el trato correcto, que hubiera sido de usted, o a lo sumo, de vuestra reverencia, o cualquier otro trato canónico, le llamó excelencia y corrigió inmediatamente para estrellarse con más fuerza pues le llamó majestad, por lo que el obispo sonrió un poquito y quiso tranquilizarlo con una piadosa chanza contestándole: «Sí, como los reyes magos». Con esto, Emilio se azaró, no encontrando camino para salir del embarazo y echó unos cuantos vulgarismos que tenía superados desde sus primeros años de seminario: «Delante vueztra me he...». Al secretario episcopal, que presenciaba la audiencia para tomar notas, le dio tanta risa que, pretendiendo contenerse, le salieron las velas por las narices. Al intentar sorberlas, produjo un graznido horrendo, con lo que la situación se hizo insostenible y tuvo que marcharse. El obispo sintió violencia, pero no podía contener la risa tonta y rítmica que, al fin, contagió a Emilio rubicundo. Éste, que no tuvo más remedio que incardinarse a la escena hilarante, terminaba con algunos disparates lingüísticos: «Azín, muncho mejón...»; y tuvo que callarse, porque inexplicablemente no daba ni pie con bola.