A pesar de todo, “velis nolis”, tuvieron que ir concluyendo con un «Dios nos perdone en este día de Viernes Santo» del Señor Obispo, «día de riguroso luto religioso», amainando incluso las lágrimas en que se habían convertido las carcajadas, y, al cabo, le dijo que sí, que siguiera investigando a los muchachos, porque sin los pergaminos nunca se podría demostrar que el retablo pagano del dios Baco pertenecía a la Diócesis de Astorga aunque apareciera algún día; que más tarde o más temprano aparecería, porque, sin duda, en alguna parte estaba escondido.
El pavoneo del gallito Emilio terminaba en un desplume gélido, por lo que el amor propio le salió de dentro, y allí mismo, en el hotel Gaudí donde se había hospedado, le escribió a Pablo una carta en cuyas primeras y últimas líneas trataba de plasmar su enojo con sintaxis violenta, para que Pablo percibiera severas advertencias cuando asociara cada punto y cada coma a latigazos del dedo índice en tono amenazante:
«Por el remite, te habrás percatado de que soy don Emilio, el catedrático de Latín del Instituto. Me encuentro en Astorga, colaborando en el hallazgo, no necesito explicarte, muy cerca, por cierto, de lo que tú, bien conoces.
Antes de fallecer, me entrevisté con Honorino, el padre del notario, y con él, quedé en investigar, datos importantes.
Se me ha elegido a mí porque necesitaban un especialista. La policía ya ha descartado a todos tus compañeros. Mejor es que no entorpezcas la investigación histórica, porque de lo contrario intervendrá el Gobierno de España a través del Ministerio de Asuntos Exteriores y la embajada de Estados Unidos. Te sugiero una salida digna con la que el Obispo de Astorga está de acuerdo. Me enviarás a mí los dos pergaminos que robaste; yo se los entregaré a la Diócesis de Astorga, y todo lo tuyo quedará en el olvido. El Obispo está de acuerdo en que se los envíe yo desde Madrid, anónimamente, sin remite. De esta manera vuelven a su sitio y aquí no ha pasado nada, como si todo hubiera sido una pesadilla, porque de lo contrario, la policía tiene orden, de localizar, al autor del hurto; y si es extranjero, prohibirle, para siempre, la entrada en España o solicitar a su país, que lo juzguen allí... y lo condenen».
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Cuando Pablo recibió la carta con el matasellos de Astorga, y terminó de leerla, deseaba ardientemente que Leo hubiera estado a su lado para tomar decisiones en conjunto, pues el peso que lo aprisionaba no le dejaba pensar serenamente. Parecía totalmente verosímil que Emilio tomara cartas en el asunto haciendo realidad las amenazas, porque aunque era de Letras, siempre se había mostrado con una seriedad nada corriente.
Llegó incluso a tener miedo, aunque en algunos momentos lograba sobreponerse pensando que, en cualquier momento, podía deshacerse fácilmente de los pergaminos; aunque si era verdad que las relaciones internacionales podían mediar en el asunto, no le agradaba precisamente el hecho de que tuvieran registradas sus huellas, si es que era verdad lo que la policía había dicho a Leo. Se angustiaba pensando que no había escapatoria posible y lo mejor sería enviarle aquellos legajos a Emilio.También pensó enviarlos al obispo directamente.
Por un momento, le vino a la mente que ni a uno ni al otro los remitiría sin consentimiento de Leo, que al fin y al cabo, había tomado parte en la sustracción de los documentos; pero en vez de consultarle a ver si estaba de acuerdo, tomó la decisión de empaquetarlos y llevarlos al “Post Office” de Columbus para enviárselos, ya que determinó con claridad meridiana que allí, en América, para nada servían ni los dos pergaminos ni el cuaderno de Ceferino; y que en todo caso, sería en España donde se les podría conceder importancia. Por estas razones, metió en el paquete una carta redactada en los siguientes términos:
Queridos amigos Leo y Clara:
No se puede sobrellevar esto en solitario y además no merece la pena por muchas razones. Bien pensado: ¿Qué me reportan a mí estas antiguallas? Emilio es un profesor muy serio, pero da la impresión de que quiere aprovecharse de algo que se ha encontrado sin comerlo ni beberlo; por eso, yo creo que lo mejor es que los devuelvas tú al Obispo, y no me importa que le cuentes la verdad de lo ocurrido; y que le den “pol” culo a las tesis del Vasco. ¿Recuerdas?
La voracidad de los acontecimientos han hecho que nos hayamos metido en un buen lío. Ahí va también el cuaderno del cuñado de Honorino, por si Clara o tú queréis utilizarlo; pero, ¡ojo!, que este es mío, que nadie os lo usurpe a no ser que queráis regalarlo. En todo caso, lo más idóneo sería que volviera a su primitivo dueño, que, en definitiva, es Honorino el notario, porque su padre ya ha muerto. Eso lo dejo a vuestro albedrío. En definitiva: que tú decides, Leo, lo que has de hacer con todo esto.
Todavía guardo un secreto que ni a ti te lo había dicho porque me lo confió Honorino el viejo y me encomendó que mientras él viviera no se lo dijera a nadie. Como ya ha muerto, puedo revelarlo. Ahí te mando el croquis de la ubicación de El Baco. ¡Vaya sorpresa! ¿No? Como veis, todo el mundo guarda por lo menos un