secreto, porque a veces te obligas a no decírselo ni a tu mejor amigo. Con el croquis y los pergaminos se puede obtener el retablo, lo que pasa es que todavía no he tenido tiempo de desentrañar el significado del texto, y la paleografía no es nada fácil. Lo tenía guardado por si algún día lo necesitaba, pero me he dado cuenta de que quizá nunca vuelva a España, porque incluso se han venido mis abuelos a vivir con nosotros.
De todo esto, sólo siento que a Honorino el viejo, que era una reliquia de las que no deberían perderse, lo tuve que engañar con el teléfono en conversación simulada con mi padre. Desde que me enteré de su muerte, me he preguntado varias veces qué importaría la pérdida de unos pellejos escritos si no podemos conservar la vida de Honorino. De no poder conservar lo importante, que son las personas, pienso que las cosas, por muy importantes que parezcan, nada valen, ya que la vida sigue igual sin ellas.
Después de escribir a Clara y a Leo, se dispuso a enviarle el pésame a Honorino y Adela de la siguiente forma:
Inolvidables Dña. Adela y D. Honorino:
Como a principio del curso les envié mi pequeño relato desde Málaga y poco después me vine a Pataskala, no he sabido sus opiniones sobre el mismo. En él quería expresar mis impresiones por tierras leonesas, y para redactarlo, tuve presente a su padre. Con sus palabras: «un viaje me queda que hacer: el definitivo», me abrió los ojos mucho más que todos los profesores de religión y de filosofía. No es hora de andar cantando sus excelencias porque puede sonar a cumplimiento vacío, pero lo sigo teniendo presente. Fue el anciano que más me ha impresionado en mi vida por su mirada limpia y su sonrisa eterna. Cuando me enteré de su fallecimiento se me contrajeron las mandíbulas, por eso no hace falta decirles lo mucho que lo siento.
Mis padres me siguen diciendo que cuando lo deseen vengan a visitarnos, sobre todo si no han estado antes en América. Un efusivo saludo; y un beso muy fuerte a Doña Adela.
A los pocos días, ambas cartas llegaron a sendos destinos; la de Leo y Clara con el tesoro dentro de un sobre muy grande y guateado; pero Leo no la abrió hasta que no estuviera Clara presente. La llamó al instante, y al desembalar el envoltorio, Clara quedó prendada de los dos pergaminos: en el de la miniatura encontraba presagios ocultos que se habían cumplido después de muchos siglos y sin embargo en las clases de Damián no se habían dado las explicaciones concluyente que empezaba a descubrir en las letras grandes de abajo. Habría que estudiarlo despacio para confirmarlas; y en el otro pergamino, que contiene extrañas caligrafías, adivinaba la mitad de la historia de España. Se mantuvieron, por momentos, fascinados y silenciosos ante grandiosidad semejante. El cuaderno del tío del notario lo dejaron relegado a un segundo plano. Se oían las respiraciones de Leo mordiéndose los labios, pero con tranquilidad insospechada para él, que siempre se había creído susceptible de arrebatos nerviosos; y sin embargo a Clara, que siempre se había mostrado más apacible, le temblaban las manos. No sabía cómo cogerlos para no ponerles las yemas de los dedos encima. Como no pestañeaba al contemplarlos, le picaban los ojos; y dos lágrimas a punto de estallar se los hacían brillantes.
—¿Qué te parecen? —se decidió Leo a rasgar ese íntimo momento.
—¡No me los imaginaba! —contestó Clara—. Esta miniatura es más bella que las de las Cantigas. Las letras las descifraremos con paciencia —se miraron los dos sin saber qué seguir haciendo.
—¿A quién se las daremos? —preguntó Clara.
—¡A nadie! —se alarmó Leo—. De nada serviría decir que yo no las cogí del archivo. Pablo ha obrado con la mejor voluntad del mundo, pero me ha puesto en el aprieto más grande enviándomelos. Como ahora son míos puedo hacer con estos pergaminos lo que quiera: esta tarde los quemaremos.
Clara se aturdió porque no encontraba argumento para contradecir a Leo:
Yo creo que si los quemáramos cometeríamos una barbaridad histórica.
—Está irremediablemente decidido y tienes que diculparme por no escucharte; nada es más importante que tú y yo para nosotros. Si pudiéramos devolverlos sin que nadie se enterara y tuviéramos la seguridad absoluta de que nadie nos molestara nunca... Pero ya ves, nadie nos creería y pasaríamos como los más grandes mentirosos cínicos del siglo XX, sobre todo después de haber salido incólumes del interrogatorio de la policía.
Por otra parte, en el momento que Honorino recibió la carta de Pablo en La Coruña, se apresuró a contestarle a vuelta de correo, diciéndole que se había desgastado buscándolo, entre otras razones, para comunicarle la muerte de su padre, y que por mandato expreso suyo, antes de morirse, le había dicho que en un momento de inconsciencia le había regalado el cuaderno e inmediatamente se había arrepentido de ello, por lo que llamó a su hijo a La Coruña para decirle que por favor buscara a Pablo y le solicitara que lo devolviera, pues era el más precioso recuerdo de familia. Para que se decidiera, Adela terminó la carta rogándoselo encarecidamente.
Pablo, desde América del Norte, sólo podía comunicarle a Leo que cumpliera la última voluntad del viejo Honorino, pues no hubiera pensado que Adela le mintiese, por lo que devolvió misivas a Leo y a Honorino. A Honorino le dijo que, como el viejo se lo había regalado, inocentemente lo había enviado a su amigo Leo para que hiciera con él lo que quisiese.
En este ajetreo, el notario, velozmente voló a Málaga y se entrevistó con el de la peluca.
Entre tanto, dos cosas importantes habían sucedido: el Vasco iba a contraer nupcias con la del habla “fisna”, pero antes, había intentado sacar a su madre de la pocilga inmunda; y cuando le comunicaron que había muerto deshidratada hacía quince días, pues se negó a beber agua, sus tres heterónimos se reunieron en uno sólo para siempre, sin más sobresaltos ni dolores de cabeza, con lo que, poco a poco, se fueron enfriando y no llegaron a consumar lo que hubiera sido un matrimonio de conveniencias.