La otra cosa era la más solemne: había cogido Leo el coche de su padre, y con Clara se fue a dar un paseo por los alrededores para buscar un ara en el monte, donde ofrecerle a Baco, en pagano sacrificio, el fuego olímpico de tan descomunal carrera, que abrasara su imagen románica de la miniatura junto con el escrito del litigio. Clara iba llorando, aceptando lo irremediable, aunque algo consolada, pues Leo le había permitido disparar unas fotos a los documentos antes de inmolarlos en una pira tan grande que no quedó ni rastro.
71
Una vez hechas las copias de las fotografías, Leo y Clara corrieron en busca de cada uno de los profesores interesados en El Baco: Damián, Emilio y José Antonio Arias Markuleta. Producían viento al correr pues Leo, con su zancada larga, llevaba a Clara en volandas, cogida de la mano. A Damián lo abordaron en el seminario de Historia del instituto. Cuando llegaron con resuellos, sudando, habló Clara algo menos agitada:
—Venimos a traerte unas fotografías de los pergaminos de Astorga. Estos escritos ya no me atrevo yo a investigarlos y prefiero que los estudies tú concienzudamente; así, podrás explicarme su contenido, porque, sobre todo, de uno de ellos, no entiendo la paleografía.
Damián se sorprendió por lo intempestivo de la visita, pero aceptó las fotos de buen grado y les dijo:
—Mejor hubiera sido que me trajerais los pergaminos originales.
Quedó cortada Clara, pues en la intervención de Damián veía reproducida la interpretación del Vasco de que, o ellos dos, o Pablo tendrían los pergaminos; y Leo, muy frío, se sintió culpable de las sospechas acerca de su novia. Inequívocamente —deducía— el que se había ido de la lengua había sido el Vasco. Como encontró salida afortunada a su larga zozobra, le dieron ganas de achuchar a Clara y pedirle disculpas por haber dudado de su palabra, por lo que con decisión y firmeza echó el capote:
—Los traeremos si, de veras, son importantes; de lo contrario no merece la pena. Además yo soy el dueño —sonrió disimulando la ironía con que se disponía a seguir hablando— y como dice mi padre: hasta que no nos casemos no tendremos bienes gananciales. Como yo soy propietario de los pergaminos estando soltero, siempre serán míos porque los aportaré al matrimonio.
Jadeó Clara censurando cariñosamente:
—¡Qué tonto eres, Leo! Bueno, nos vamos, ya nos dirás lo que entresacas.
Terminó Leo como si le hubieran descansado las meninges:
—A lo mejor estas fotos dan pie para otro trabajo de Historia.
Damián las miraba expectante, sin entender ni palabra de lo escrito; solamente se asombraba de la miniatura y dándose importancia presumía de dominio:
—Por lo que veo “a vuela pájaro”, sería demasiado para un trabajo de Instituto; yo creo que puede dar para muchas tesis doctorales.
Se despedía Leo con trivial discurso:
—Bueno, pues, de momento, ahí te quedan. Danos tu número de teléfono por si las moscas... Quiero decir: por si no te localizamos en ninguna parte —no sabía cómo despedirse.
Salieron al momento con apariencia de tranquilos, pero, una vez fuera, siguieron la veloz carrera hasta el coche que Leo había usurpado a su padre sin que se enterara. Una vez puesto en marcha, entre acelerones y frenazos con los que Clara se asustaba, llegaron a la Prolongación de la Alameda, pues Emilio no estaba en el Instituto como habían comprobado. En el momento de la parada, mientras aparcaba, confesó Leo a su novia que quería verlo él solo, y que ella lo esperara en el coche hasta la vuelta.
Efectivamente, Emilio, como siempre, se encontraba estudiando en el despacho de su casa y recibió a Leo con gesto hosco que, inmediatamente, cambió por una sonrisilla al ver lo que traía. No contento, inquirió írrito y airado:
—¿Y los pergaminos? Ya sé que tú los tienes y no Pablo, pues a su amigo Honorino se lo notificó por carta. Precisamente ahora estaba dispuesto a visitarlo en el Málaga Palacio, que allí se hospeda.
Leo, que iba a preguntarle por el paradero del notario, cerró la boca y ya no dijo nada.
—Supongo que sabrás por qué Pablo se ha deshecho de los pergaminos —decía mientras, de corrido, leía aquellos garabatos como si estuviera leyendo el periódico; y le metió una puya a Leo en lo más alto, que, de momento, rebotó con fuerza:
—¡Quizá la policía pronto vuelva a interrogarte!
Leo, con gesto malagueño torció la cabeza, miró al suelo e hinchó los carrillos con las cejas levantadas. Con voz desolada, demandaba agonioso:
—¿Usted podría ayudarme?
Emilio presagió un resquicio por donde entremeterse, pues Leo había llevado el mimo a los extremos de profesional titiritero:
—Por supuesto. Incluso puedo ir a Astorga a devolverlos para que a ti no te pase nada.
Leo repasaba ápice por ápice la conducta de Emilio “el Pimpinao”, que hasta el mismo Instituto había llegado el mote; y como el profesor era prolijo en apicararse, pero no tan exquisito como el alumno, Leo veía en ella un no sé qué de avaricia que no acertaba a compendiar en su mente e imposible le sería expresarlo con palabras.
Emilio siguió diciendo mientras, leídas, soltaba las fotos, una por una, encima de la mesa con deje de desgana:
—Ahora, por más que lo intento, no te encuentro escapatoria —abrochó las manos con los pulgares hacia arriba sobre la panzuela y se tiró hacia atrás en su sillón de cuero entornando los ojos.
Leo, simulando pavor profuso, como si ya estuviera dispuesto a entregarle los originales, dejaba muerta la cabeza ladeada y los delgados brazos con sus huesudas manos, colgados de los hombros como dos plomadas. Sin concederle respuesta dejó que siguiera explayándose:
—Claro, que la pena será corta —representó magistralmente apariencia de misericorde—. Supongo que no más de seis meses de cárcel…
Al despedirse, quedaron en verse al día siguiente —propuso Leo— para que le diera tiempo a relamerse.
Cuando salió de la casa de Emilio, encontró el ascensor ocupado, por lo que bajaba escalera abajo a velocidad de vértigo, con un resbalón en cada descansillo, frenando en el quiebro después de sacar brillo a la barandilla.
Emilio, que se había citado esa tarde con el notario, canceló la visita y llamó al