Mientras Emilio transcribía, Clara y Leo seguían la veloz carrera en busca del Vasco para darle otra copia de las fotografías. Por más que se apresuraron, no lo encontraron por ninguna parte, pues se cruzaron con él por el camino, ya que al ser llamado por Emilio para decirle que se había hecho con la fotografía del pergamino de su herencia, dejó de corregir el montón de exámenes y tomó los ocho pergaminos que guardaba, pues, aunque no eran importantes para su provecho, quería cerciorarse de que pertenecían a la colección del mismo amanuense, comparando las idénticas características materiales con las de los pergaminos que había robado Pablo. Llegó en poco más de media hora a casa de Emilio Jiménez Sánchez, “el de la peluca”. Como el Vasco era soltero y ahora vivía solo en un apartamento de la costa, nadie pudo dar a Leo y Clara señas de dónde se encontraba. Después de cada aparcamiento, durante la enfurecida búsqueda, cerraban la portezuela del coche sin volver la cabeza para no perder tiempo, y salían a toda carrera cruzando las calles por cualquier sitio menos por los pasos de peatones.
Regresaron a Málaga, al Instituto, y ya no había nadie; sólo goteaban algunos profesores y alumnos del horario nocturno, de tal manera que su proyecto parecía tambalearse; y por ganar al tiempo la batalla se fueron más deprisa al Málaga Palacio y le dijeron a Honorino que ellos mismos habían entregado los pergaminos originales a Emilio en presencia de Damián y el Vasco, para que los devolvieran al archivo diocesano de la muy noble, leal y benemérita ciudad de Astorga; y que los avarientos profesores también querían el cuaderno de su tío, el hermano de su madre; pero que afortunadamente pudieron esconderlo en el mismo Instituto en un lugar seguro, para devolvérselo a su primitivo dueño, ya que por mandato expreso de Pablo, de llevárselo alguien, sería doña Adela y don Honorino; por lo que al infeliz notario se le escapó un «bravo muchachos» y ya no quiso cuentas con el trío. A Clara, por un momento, le dio pena de Honorino cuando perdió la compostura y sobriamente los animaba con los labios prietos y el puño vibrante. No podía creerse lo que estaba viendo con sus propios ojos: era imposible entender razonadamente que un hombre importante como el notario se manifestara como un niño. Al principio le parecían tales atrocidades lo que le estaban haciendo, que nadie con entrañas podría seguir urdiendo el enredo; pero poco a poco se fue dejando seducir por Leo, quien, después de lo que había soportado durante las investigaciones de la policía, ya no se arredraba ante nadie; y con muy pocas palabras y alguna que otra mueca le instaba a que lo siguiera pues no quedaba tiempo de darle explicaciones. Para que no hubiera dudas y hubiera varios testigos, le dijeron al notario que el día siguiente por la mañana, en el Instituto, los seis reunidos le harían entrega del cuaderno como la forma más segura de que no se lo arrebataran. Honorino sacó el pecho de mozo de pueblo y sentenciaba a los tres profesores: «Qué se habrán creído». Esa noche dormía más tranquilo habiendo confiado en los muchachos y por la mañana se dirigió al Instituto.
72
Emilio y el Vasco analizaron minuciosamente los escritos desde todos los puntos de vista: morfológico, sintáctico y semántico, y por si fuera poco, también desde la visión histórica. El Vasco sentía cosquillas por la espalda al comprobar que eran los mismos pergaminos que su padre había tenido en la maleta, aunque hubiera preferido comprobarlo en los originales y no por las fotografías. Después de tres horas de brega, Emilio Jiménez Sánchez concluía:
—¡Está clarísimo! El documento originario es el escrito en lengua latina, muy bárbara por cierto; desde «In era M C XXX III. Ego Arias Didaz...» hasta el final. Este escrito es del final del siglo XI. Exactamente del año 1096. Evidentemente, José Antonio, tú eres descendiente directo de Salb-Ben-Zait-Zamaliel que tomó el nombre de sus abuelos maternos: Arias Didata; lo que quiere decir que también eres descendiente de su antepasado, el visionario que, después de haber padecido alucinaciones, inventó nuevas creencias en la mesopotamia leonesa —quedó pensativo un momento mientras al Vasco le brillaba el alma, animado por estas palabras a pesar de que la última carta del Cascarrabias revelaba que El Baco pertenecía a la Diócesis de Astorga—; aunque, ¡vete tú a saber!: ¡yo, ya, ni creo, ni dejo de creer en nada! ¡Todo es posible! ¡La historia sólo la cuentan los que la ganan y los que pierden son olvidados para siempre! —el Vasco se desinflaba—. Las primeras líneas del pliego están escritas en lengua romance —Emilio seguía cavilando y comparando—, en leonés antiguo para ser más exacto, (1) y la tinta es mucho más nueva, pero de peor calidad que la más vieja del resto. ¡Fíjate bien en ese detalle! Además es lógico que estas primeras líneas fueran escritas años o siglos más tarde. El que escribió esto, sin duda reinterpretó lo que estaba antes escrito; lo que pasa es que no le puso fecha, y lo colocó al principio del pergamino, en el espacio que encontró libre. Al Vasco se le tornó el cosquilleo en desolación que le horadaba el cuerpo como un dolor de cabeza de páncreas, y balbuceó resignado:
—Mi padre solamente se fijó en esta noticia escrita en las primeras líneas del pliego para fundamentar que El Baco le pertenecía por herencia, porque dice con rotundidad innegable que nuestro antepasado Arias Didaz lo llevó al convento de San Pedro de Montes, no para regalárselo a los frailes, sino sólo para que se lo guardaran. Quizá no entendiera el resto por la dificultad que encierra la caligrafía pues no se corresponde con ningún canon paleográfico.
Siguió Emilio intentando inútilmente levantarle el ánimo:
—Mañana, me encargo yo de sacarles a esos chiquilicuatros los originales.
Como ya era muy tarde se despidieron hasta el día siguiente. El Vasco marchaba muy despacio, muy sereno, sin agitación interna: le lloraba la hipófisis hormonas tranquilizantes que recogía su torrente circulatorio y se inundó de sosiego.