Capítulo III
“Si arando tu tierra encuentras un tesoro histórico, una moneda, una estatuilla romana, cualquier cosa... tú eres el propietario absoluto. No se te ocurra decir a nadie dónde la escondes, porque los poderosos inventarán leyes para arrebatártelo y quedárselo ellos”. (Leonardo Gómez López)
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.La historia de Martín Castriello, desde su ingreso en el Temple —después de haber desaparecido Gelvira y de haber supuesto que de nadie más se enamoraría—, hasta el día de la fuga, en estampida, de la fortaleza templaria de Ponferrada, fue de noble caballero en varias campañas, con la suerte de no haber sido herido gravemente en ninguna.
Era un verdadero veterano de guerras. Había ido y venido tres veces a las cruzadas.
El asedio de los trescientos caballeros del rey en el castillo de Ponderada
lo pilló poco antes de partir por cuarta vez rumbo a Sicilia;
logró escabullirse y salió con lo puesto. Sólo pudo coger su caballo con las alforjas vacías, pero en una de ellas había escondido su daga, que le sería imprescindible en su nueva vida; y también, con furia, arrancó del candelabro una vela que encontró a su paso y la metió azorado en la otra alforja.
Procedía de un poblado llamado Castrello de Halile_ a una legua de Astorga; hijo de caballero y dama, como aconsejaba la regla del Temple. Siempre se enorgullecía de su recio linaje cristiano.
A pesar de que la regla condenaba la murmuración y nunca había hablado, ni por detrás ni a hurtadillas, de los ancestros de su otro compañero, el caballero hispano Rechivaldo, aquella noche en la choza, durante su huida del Temple de Ponferrada, distrayendo la tensión nerviosa, a la que había estado sometido todo el día de quiebros y escondites, le sacó el asunto de su apellido. Rechivaldo confesó sus obsesiones, que le habían hecho cambiarlo: al abuelo paterno le llamaban Azafarí, pero a sus hijos y nietos les puso nombres visigodos, porque quería borrar toda huella persa de donde era oriundo.
Cuando Rechivaldo era todavía un niño, exhibía una inusitada maestría en la lucha con el cuchillo, por lo que su padre ya solicitó al Maestre del Temple el ingreso en el castillo, pero el Maestre lo rechazó porque la orden no permitía consagrarse más que a hombres maduros que fueran muy conscientes de las obligaciones a las que se comprometían, y también porque se sabía acerca de su estirpe. Habiendo sido excomulgados sus antepasados —tiempo atrás— por proceder de mahometanos, el obispo lo eximió de culpa una vez que era adulto; y permitió y recomendó, con carta y con sello, el ingreso en el Temple después de ser bautizado.
Tenía clavada la espina de su apellido. Llamaba la atención que en sus escritos siempre firmaba a modo castellano añadiéndole el sufijo “ez” al nombre del padre, como al hijo de Gonzalo, que le llamaban González o al hijo de Sancho, Sánchez. De un día para otro empezó a apellidarse Azafarínez pero con la “i larga” al final de la palabra. Así: Azafarjnez; y por deformación caligráfica y fonética se fue convirtiendo en Azafayuynes, y así se quedó, pues le parecía el apellido más cristiano.
Martín Castriello soltó una carcajada estentórea cuando oyó de su boca el cambio en el apellido, lo que hirió profundamente a Rechivaldo, pero se contuvo con sardónica sonrisa: