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Mientras que Rechivaldo, Rodericus, Cerecinos y Matalobos dormían, salí de la choza en busca de palos secos para alimentar el fuego. Los cuatro caballos, al verme, relincharon. Fijé la mirada en la alforja de Rechivaldo que no la había desmontado del caballo y me atreví a fisgarla.
Cuando metí la mano, el caballo volvió la cabeza, me enseñó los dientes,
echó un relincho y marcó un bailoteo piafando con las patas delanteras como queriendo avisar a su amo. Las pintas blancas, tan bellas, brillaban a la luz de la luna. Era un caballo hermoso por lo raro de las pintas. En ese aspecto era único. Yo, temiendo que se despertaran los dormidos, lo apacigüé con un gesto de la mano mostrándole la palma y cruzando la boca con el dedo índice rogándole silencio, como si tuviera permiso del dueño para meter la mano y sacar su contenido.
Me cercioré de que Rechivaldo seguía dormido, no siendo que se despertara, porque se había quejado de dolor de muelas. Se ve que se le había ido pasando el dolor por sí sólo, sin mascar amapolas, como había dicho que necesitaría, y que no le dio tiempo a meterlas en la alforja.
¡Palpé una colección de pergaminos! Tomé un manojo y cerré la alforja.
Al caballo le tembló la piel de la pata izquierda, como si algo lo molestara, y cambió de postura. Intermitentemente resollaba y seguía piafando. Iba a despertar a alguno... Dada su inquietud, yo estaba temeroso de que se espantara.
Volví a encender la vela en el rescoldo que quedaba. La había apagado para que no se consumiera. La noche estrellada estaba muy fría.
Con mucho cuidado para que nadie se despertara, saqué mis helechos para recostarme bajo el sombrajo que la choza tenía encima de la entrada, y desdoblé la capa de Cerecinos para envolverme en ella. La de Matalobos, que también estaba bien doblada a la entrada, la utilicé como tapete para posar los pergaminos. El color blanco daba realce a la luz que desprendía la vela.
Oí nítido un aullido de lobo muy lejos. No había que preocuparse de momento.
Tendido en mis helechos, me dispuse a leer los documentos con los que tendría tarea para toda la guardia, y todavía me quedarían sin leer algunos para el día siguiente.
¿Tenía en mis manos las dos colecciones más importantes de la Orden del Temple, más valiosas que todo el oro de las reservas de los castillos, porque, con ellas, podríamos demostrar nuestra inocencia? —me preguntaba a mí mismo.
¿¡Todavía podríamos salvar el Temple!? Con estos pergaminos, quizá lo conseguiríamos. Y sin embargo, el Gran Maestre Jacques de Molay estaba sufriendo encarcelado en Francia, esperando sentencia de muerte después de ser torturado junto con más de quinientos caballeros de todos los puntos cardinales.
Tendríamos que actuar diligentemente.