El pergamino del año 1235, por el que comencé, contenía una bella miniatura y el final de la sentencia del segundo juicio, tras el litigio del Temple con el convento de San Pedro.
Decía: “Damos y regalamos a los frailes del Temple nuestra pintura antigua que representa a Jesucristo en las bodas de Caná después de haber convertido el agua en vino a ruegos de su madre la Virgen María”. La fecha estaba escrita al lado de la figura, y debajo, las rúbricas del Abad Johannes de San Pedro y siete benedictinos. Al lado de la fecha ponía: “Segundo Juicio” y en el reverso, detrás de las firmas, una nota que decía: “En esta escritura declaran los que firman, ante el notario Stephanus, en la hoja numerada con el uno y en la siguiente numerada con el dos”.
Y seguía el texto: “...representa la bella cara, con cabellera de oro, a Jesús en su trono derramando vino que...” Y ahí se paraba, porque el siguiente pergamino faltaba de su sitio.
Como había cogido el fajo al azar, se había quedado dentro de la alforja, en el otro fajo, la otra hoja del documento. Pensé levantarme a rebuscarla en las alforjas, pero opté por seguir descifrando legajos.
En otro decía: “Primer juicio, año 1218”, con la tinta más reciente que el cuerpo del escrito.
Con la escritura del primer pergamino que había leído, fechado en 1235, de letra muy clara y legible ya podíamos empezar a desmontar ante los tribunales la gran calumnia que pesaba sobre el Temple, de que no adorábamos a Jesucristo sino a un ídolo demoníaco. En toda la historia del Temple, nuestro único Dios y Señor había sido Cristo Crucificado.
(Detalle tomado de http://www.esacademic.com/dic.nsf/eswiki/315306)
Después de su pasión, ese era el contenido de nuestras meditaciones durante la Cuaresma. Durante el resto del año litúrgico, su vida pública resumida y representada en el retablo de Jesús convirtiendo el agua en vino por mandato de su Madre la Virgen María en las bodas de Caná, nos servía de meditación sobre los Santos Evangelios.
Me temblaban las manos. ¿Estábamos salvados? Con estas escrituras y la de Arias Didaz,
que escondían los benedictinos en algún lugar del monasterio, quizá en la cripta de San Genadio, podríamos demostrar nuestra inocencia definitivamente y librarnos de la muerte.
Los documentos restantes estaban desordenados. Al sacarlos de la alforja, se me habían caído al suelo y se mancharon un poco por las esquinas con las yerbas impregnadas de rocío y tierra húmeda de la hura de algún bichejo. Con esmero los apilé de nuevo encima de la capa, de cualquier manera, pues restituir el mismo orden con sólo la luz de la vela sería tarea ardua. Me puse nervioso. Se me escabullían de entre los dedos dándole vueltas y se me desordenaron más todavía.
Los dejé para cuando llegara la claridad del día.
No pude. Los tomé otra vez intentando serenarme.
Explotaron ante mis ojos los vivos colores azules y rojos de la primera hoja del primer juicio de 1218 formando alegorías florales enmarcando las letras