Un silencio se entabló entre ambos. En el lado opuesto del establo, los ojos inmóviles y brillantes de una vaca negra y blanca los observaban con quietud egipcia. Echada de medio lado y con la cabeza vuelta hacia ellos, rumiaba impertérrita con un hilillo de baba colgando del hocico. Mugió la vaca levantándose, al tiempo que, de las cuadras, salió una gallina cacareando despavorida como si la persiguiera el diablo; y con ella, entre la polvareda que había levantado...
—¿Qué ha sido eso? —le preguntó Gotier aguzando el oído.
—Una gallina se ha asustado. Un hombre deforme y cojo ha salido huyendo como si hubiera robado algo.
Se levantó inquieto y salió a la puerta. El fraile intentó tranquilizarlo porque era él sólo quien lo había visto y no revestía peligro
—No es la primera vez que algunos pobres desarrapados vienen a robar gallinas a las cuadras.
—Allí va. Es cojo, pero con una agilidad pasmosa para saltar la tapia. Parece manco de un brazo porque lo lleva inmóvil, en cabestrillo.
El ladrón saltó la tapia y desapareció a galope en un caballo blanco.
Ferrán Gotier, inmóvil, quedó pensativo diciéndole:
—No suelen los pobres, montar un caballo de raza con tal maestría.
Y se quedaron los dos escuchando:
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—Alguien llora. Parece el llanto de un niño.
—El llanto de los niños, a veces se confunde con el maullido de los gatos.
—Escucha. No es recién nacido.
—Sí, sí. ¡Un niño llora!
—Espera un momento, que voy a ver qué es lo que ocurre.
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..
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12
Sobre un palo del alero de la cabaña, cantaban a dúo un arrendajo y un jilguero.
Los trinos despertaron a Cerecinos. El sol mañanero iluminaba el interior de la choza lateralmente, por el vano de la entrada orientada al mediodía. No había ni una nube. Las aristas de las cumbres se veían nítidas. Rodeado por el bullicio de verderones, jilgueros y gorriones, se ocultó por un sendero entre la espesura de los matorrales, y detrás de una retama recién brotada, encontró el mejor lugar para aliviar, lento, los retortijones de barriga con los que había despertado. Vuelto a la choza, Matalobos y Rodericus, delante de la puerta, arrodillados en profundo recogimiento, rezaban la oración de la mañana a la que se incardinó sin decir palabra, delante de una cruz dibujada con piedras blancas en el verdor del suelo.
Martín todavía dormía como un tronco.