Leo: —Ahí se conecta Clara. Vamos a decirle el orden que seguiremos a ver qué le parece. Estoy pensando que ¿para qué molestarnos redactando en forma de prosa lo que ha sido una conversación con el programa “Skype”? Podemos copiar este “chat” y ya no hace falta redactar nada para dejar plasmada la génesis de este libro. Después de estas líneas, colocamos nuestras introducciones y, seguidamente, el resto de conversaciones y videoconferencias que yo tengo grabadas.
Profesor: —Ayer estuve pensando que tendríamos que publicar vuestras fotos, o colgarlas en internet, o un vídeo. A los lectores les agradará conoceros. Mi foto ya está publicada, y no hace falta;
pero las vuestras...
Leo: —No creo que Nora acceda a publicar su fotografía. Y Clara es muy vergonzosa, así que nos conformaremos con describirlas: las dos tienen 45 años pero no representan más de 30. De estatura, las dos iguales, 1.60. Clara, con media melena y algo más angulosa en sus facciones; Nora pelo corto, la cara más ovalada y los labios siempre pintados de rosa. Y ahora que no nos oyen, ambas bellísimas; parecen dos artistas de cine: los ojos de Clara color castaño y sonrisa eterna. Nora, ojos negros y profunda mirada; cuando te escucha parece que está analizando tu alma. El cabello cada poco cambia de color. Clara ahora peina mechas y Nora a la última moda parece que va despeinada con exquisito desaliño. Y las medidas...
Profesor: —¡Bueno, bueno...! No sigas, no hace falta profundizar tanto. Tú no has cambiado de imagen desde los 18 años. Si te tuviera que describir el Arcipreste de Hita diría: “el cuerpo tiene alto, piernas largas, membrudo / la cabeza non chica, velloso, pescozudo / el cuello más bien alto, pelinegro, orejudo / las cejas apartadas, no tan negras como el carbón / el andar muy erguido, así como pavón / el paso firme, airoso, y de buena razón / la su nariz no larga, que no lo descompón.
...
...
...
Capítulo II
3
La historia de la redacción de este libro empezó cuando yo era un niño, por los años 1955 ó 1956 más o menos, ¿para qué voy a echar cuentas exactas...?
El primer día de clase en la academia, ubicada al lado de la que, en la Edad Media, había sido la Iglesia de Santa María,
.
en el mismo lugar donde ahora se yergue, hermosa, la catedral gótica, el maestro don Jeremías pasaba lista bajo la mirada de un retrato de Franco y otro de José Antonio Primo de Rivera.
Todos los niños y niñas de la clase de ingreso en el Bachillerato teníamos apellidos normales, Pérez, González, García, algunos nombres de oficio como Herrero o Carretero, un Ansúrez y un Castrillo. Cuando el maestro llegó al número veinte —treinta alumnos el total de la clase—, se le trabucó la lengua al pronunciar el apellido más complicado: Ruiz de Mendarózqueta Martínez de Ezquerecocha y Madinabeitia. Con un cuádruple nombre muy de religión y sacristía: Pedro María Jesús Redentor; de tal manera que no fue capaz de pronunciarlo todo seguido.
Intentó de nuevo y cada vez le salían unos apellidos distintos.
Mi mejor amigo se llamaba Raúl Ansúrez, con el que, además, compartía pupitre.
Al oír el galimatías en el que el maestro se había metido, me pellizcó con disimulo, empezó a reírse y no podía parar. Era un guasón de tralla, delgado, vivaracho y con una intuición privilegiada. Recitaba las lecciones de memoria sin fallar una coma. Siempre se reía a carcajadas. Me enseñaba el significado de palabras para mí desconocidas, porque era aficionado a la lectura de todo lo que caía en sus manos.
Era el único que leía libros en los recreos; el resto sólo leíamos tebeos y la enciclopedia de grado medio: nuestro libro de texto. A él le oí, por primera vez, la palabra “filatelia” pronunciada con misterio al hojear parsimoniosamente su amplia colección de sellos. “Cada vez que se toca uno con los dedos —nos aleccionaba en corro expectante— pierde la mitad de lo que vale, por eso hay que cogerlos con pinzas y conservarlos entre celofanes”.
En una situación de respeto y silencio, como era la ceremonia de pasar lista al comienzo de la primera clase de curso, contener la risa ante cualquier minucia hilarante era imposible; y Raúl no podía parar de reírse cuando se trabucó el maestro, todo un alivio que aprovechó don Jeremías como disculpa para detenerse y llamar la atención a mi amigo diciéndole: Raúl, si no dejas de reírte, comenzarás el curso copiando cien veces “no me reiré jamás mientras el maestro pase lista”; con lo que salió airoso del atasco y recomenzó la lectura de los endiablados apellidos del Redentor compañero, quien, por otra parte, parecía un niño muy dócil y aplicado. Desde luego, hasta el momento, no había metido ningún ruido.
Raúl no pudo contenerse y soltó otra carcajada tapándose la boca cuando vio que no arrancaba.
Don Jeremías, con el afecto paternal que lo caracterizaba, le llamó la atención un poco más serio instándole a que dejara de reírse, y volvió a la carga empezando a leer los nombres atropelladamente: Pedro María Jesús Redentor Reuis de Minda... Menda... Monda, mas Miraz ... Queta..., y de ahí ya no pasó el pobre maestro.
Raúl ya no me pellizcaba. Metió las manos entre las piernas y agachó la cabeza queriendo ocultarla tras la espalda del compañero de adelante, aplastando la cara contra la tapa del pupitre y lloraba, no podía parar de llorar de la risa intentando inútilmente que no se le notara.
A mí me contagió la risa y yo se la contagié al resto de la clase.
Redentor quedó muy serio en medio del estruendo de las carcajadas, de tal manera que a don Jeremías se le escapó una sonrisilla enseñando los dientes del color ferruginoso del cigarro tras cigarro que fumaba.
Cuando nos fuimos aplacando limpiándonos las lágrimas, el maestro comprendía que el pobre Redentor podría estar molesto, y trató de remendar la situación diciéndonos: “Los apellidos compuestos son de familias de alto abolengo, por eso es difícil pronunciarlos. Le llamaremos Redentor Ruiz de Menda, a secas, y todos tan contentos.
Terminó la lista y proseguimos como cualquier comienzo de curso.
Aparentemente, se había calmado la tempestad, pero —¡ay, amigo!—, al día siguiente, después de haber entrado y de comenzar, en silencio, a dar un repaso a la lección primera, se abrió la puerta de una patada: con las botas del ejército entró un uniforme lleno de estrellas y condecoraciones, sin pedir permiso, directo hasta la tarima, con la cabeza ladeada, resollando y el dedo amenazante en ristre.
A don Jeremías no le dio tiempo ni a levantarse.
Aquel mando del cuartel de artillería enfurecido arrancó a reprocharle al maestro con voz aguardientosa y potente:
—Tenga usted mucho cuidado con lo que hace y dice.
—¿Quién es usted? —le contestó el maestro intentando levantarse de la silla. Raúl Ansúrez me pellizcó; con asombro y miedo esbozó un gesto para que mirara a Redentor al que se le veía ufano y victorioso.
Don Jeremías terminó de levantarse con la chaqueta desgastada y brillante de tantas clases que daba, colgando de un lado más que de otro.
—Yo a los niños los educo haciéndoles que llamen a la puerta y pidan permiso. Por favor, sólo le pido que se identifique —le dijo con la mayor delicadeza.
El militar, confundido y ruborizado, le contestó sin argumento ninguno:
—El director me conoce perfectamente. A usted no tengo que darle más explicaciones, pero le advierto que nunca más... Y que sea la primera y última vez que se ríe usted de los apellidos de mi hijo. Son apellidos nobles, linajudos y quienes los llevamos tenemos el honor de saber defenderlos. Por las buenas o por las malas haré que los respete.
Mi amigo Raúl Ansúrez ocultaba el rostro entre las manos con los codos encima de la tapa, haciendo propia la humillación y el bochorno que injustamente estaba sufriendo el maestro. Quedamos inmóviles. No se oían más que las botas que se dirigían por el pasillo central hacia la puerta, y el tamborileo de las máquinas de hierro negro, que tecleaban los del aula de mecanografía. A mí me dio lástima de don Jeremías; hubiera deseado que el energúmeno se hubiera disculpado o que don Jeremías le hubiera soltado un soplamocos como respuesta a su insolencia, pero el maestro trató de disculparse diciéndole:
—Ha habido un malentendido. Ya le dije a su hijo, y a toda la clase, que eran apellidos egregios, de procedencia nobiliaria como casi todos los apellidos compuestos.
Ni se despidió siquiera. Tampoco miró para su hijo, quien, muy presuntuoso, era el único que mantenía el tronco erguido.
Antes de dar el portazo de salida, escorzó la mirada diciendo:
—Ya está bien de aguantar a republicanos todavía