No contento con estos disparates sigue insistiendo: “…chaqueta, chaleco y corbata de color idéntico (si puede llamarse color a lo negro); la corbata parecida y el sombrero más negro aún, si esto es posible, que las medias, el pantalón, la faja y la chaqueta. Este hombre es un borrón. Parece una sombra chinesca. Diríase que lo han sumergido en un tintero: Personaje errante, solitario y mudo, recorre Madrid como la visión de una pesadilla fúnebre. La gente se vuelve para mirarle, y, cuando desaparece en el fondo de la calle, su silueta nocturna y siniestra se fija en nuestra memoria como si la hubiese trazado negrísimo lapicero.”
Pues sigue equivocándose de medio a medio: El cinto bordado rodea la chaqueta-coleto,( es decir: que llega hasta la cintura) sin cuello ni botones, abierta y acordonada por delante a manera de justillo con fuerte torzal de colores, y dejando ver el chaleco rojo granate, que sube hasta cerca del cuello y se abrocha con afiligranados botones de muletilla, El sombrero, de ancha ala, lleva alrededor de la base de la copa un grueso cordón de sedas de colores, que termina en dos grandes borlas o colgantes algo parecidos en su forma a los del sombrero episcopal. Nunca ha usado el maragato corbata ni nada que se le parezca. Sería eso tan ridículo como si un malagueño vestido de corto se pusiera un sombrero de copa.
El traje de maragato, goza de una combinación de colores vivísimos, paleta de los más insignes pintores de la historia, enmarcados eso sí por la elegancia del negro eterno en todas las indumentarias que se precien. El traje maragato es serio, eso sí, pero no fúnebre ni lúgubre. Pero mejor que describirlo yo es hacer mía la descripción de nuestro paisano de Astorga, Alonso Garrote, contemporáneo de Salvador Rueda:
“El traje de maragato “no tiene nade de sombrío. Es serio, pero no lúgubre; y como notas de color, que alegran la vista, figuran en él las anchas ligas, el original cinto, el chaleco rojo y los cordones de las bragas de la chaqueta y del sombrero, sin contar la pechera ni el albo y festoneado cuello de la camisa, pacienzuda y popular obra de arte. No hay, pues, Señor Rueda, motivo alguno para hablar de figuras negras y medrosas, ni abusar del hollín en el cuadro; porque entre la silueta airosa de un maragato y la enfundada persona de un “elegante” de frac, me quedo con el maragato, menos negro que el otro, y por lo tanto menos tétrico, menos fúnebre y menos pájaro frito que el smart con traje de etiqueta.
En cuanto a la idiosincrasia del maragato, la opinión del señor Rueda no es menos errónea que la descripción del vestido.
El maragato no es errante, ni solitario, ni mudo. Sabe adónde vá, es sociable, y si no tiene la locuacidad del andaluz…, …habla lo suficiente para que todo el mundo le entienda…
El maragato es el prototipo del industrial y del comerciante. Hijo de una comarca donde la tierra produce apenas lo indispensable para vivir, no se tumba a la larga debajo de un chopo, con la estóica indolencia de un árabe, ni entretiene el hambre con guitarreos y jipíos; puesto que la montaña no va hacia él, la busca y la encuentra. Trafica en todo cuando es lícito, por heterogéneo e innecesario que parezca, y en su afanoso ajetreo no le arredran las distancias ni conoce la pereza. Sobrio y gastrónomo, según caigan las pesas; económico, activo, trabajador y honrado, ya quisiera nuestra madre España tener en cada provincia una Maragatería. ¡Verían ustedes, Madam Rattazzi y señor Rueda, como los españoles echábamos otro pelo más lucido!”
Lo que no llegaron a investigar los románticos y los modernistas fue que los "verdiales" que sin duda conocía Salvador Rueda no son ni más ni menos que danzas adaptadas, indumentarias de colonizadores maragatos en tierras moriscas malagueñas a partir del siglo XV y ramos de flores de tocados maragatos con cintas de colores colgantes de los tocados. Los violines ya se adaptaron dos siglos más tarde cuando los trajeron los italianos a tierras malagueñas. Todavía hoy día se conservan vestigios de danzas maragatas de chavalas y chavales.
Seguro que Salvador Rueda tampoco supo entender el alarde de la "zapateta" del baile del maragato delante de su amada.