Desde que estudié en el museo de Barcelona los lienzos que Picasso pintó con el tema de “Las Meninas” he sentido una especie de impulso a dialogar, a preguntar a los estudiosos y críticos oficiales de arte, a proponerle ideas para contrastarlas con sus pareceres acerca del contenido de sus interpretaciones.
Comparto totalmente el pensamiento de algún artículo : “Picasso siempre estuvo obsesionado por Las Meninas de Velázquez”.
En donde ya me pierdo un poco es en la frase de algún comentarista: “Si
comparamos ambos cuadros -el de Velézquez y el de Picasso- se nos hace fácil la
lectura». A mí se me ha hecho harto difícil, y cuanto más los contemplo, más
difícil se me hace.
Durante la última ocasión que tuve de pasar unas horas en el Museo
de Barcelona, definitivamente decidí no hacer caso a las interpretaciones oficiales,
semioficiales e interesadamente eruditas de los críticos y “entendidos” en arte. Cada vez
dudo más de las interpretaciones simbólicas que se atribuyen a cada uno de los muchos cuadros con los que Picasso recrea obsesivamente Las Meninas.
Se cuenta de un prestigioso escritor que, entre sus lecturas, redescubrió “El
Quijote”. De manera se enfrascó en él, que lo leía, lo releía, lo degustaba, lo
paladeaba y llego a decir: “Dan ganas de no leer otra cosa que no sea esta obra
grandiosa», así que durante mucho tiempo no tuvo otra actividad intelectual que la de profundizar en su lectura.
Cuando comenzó a escribir de nuevo, quiso expresar lo que había sentido en su
machacona lectura del genio cervantino. Quiso hacer otro Quijote, porque le parecía que
sólo merecía la pena escribir Quijotes, y comenzó así su libro: “Una vez era un lugar
de la Mancha con un Quijote y su caballo, y su escudero con un burro llamado Sancho
Panza, el escudero, que el burro se llamaba Rucio, y el caballo Rocinante. Y Rucio y
Rocinante eran guays, y tan guays eran que quisiera que fueran mis amigos, y Sancho
se hizo caca, pero se la hizo de tal manera que no daba asco, y, como no daba asco, a
mí me producía risa al principio, luego me producía lágrimas y después me produjo
tal simpatía que me dejó pensando mucho tiempo sobre la caca de Sancho,y sobre don
Quijote, y sobre Rucio, y sobre Rocinante. ¡Don Miguel de Cervantes, os invoco y me
anonado como escritor, y ante vos sólo puedo sentirme un niño, pero un niño muy
chico, y tributaros la máxima admiración y respeto literarios, ya que ante vos me siento
literariamente disminuido!.
Así escribió estas líneas y las repitió mil veces, como si fuera un castigo de
maestro antiguo que se había impuesto a sí mismo.
A ese libro le puso un prólogo que decía: “Este mi libro, intitulado Don
Quijote, es lo que yo soy capaz de escribir, al lado de su verdadero artífice don
Miguel de Cervantes Saavedra».
Yo me imagino al prestigioso pintor Pablo Ruiz Picasso, delante de Las
Meninas en el Museo del Prado, con su ojos totales, sintiéndose niño ante Velázquez
al que pintó enormemente desproporcionado, como cuando un niño pinta a su papá o a su mamá ocupando todo el folio, y al hermanito intruso, hecho un escarabajo pequeñito y esquemático en el
ángulo inferior derecho del mismo folio.
Estoy viendo a Picasso en El Prado con sus grandes cejas curvas como arcos
románicos, sonrisa rotunda y silente, con la boca abierta, absolutamente concentrado, pensando: ¿Por qué has sido tan ingente, Diego Velázquez, que para pintar el aire suspendiste en él unos brochazos que resultaron ser figuras?
Me imagino a Picasso abalanzado sobre la barandilla protectora tratando de ganar medio
metro de distancia para poder apreciar mejor las miles de genialidades que son cada una
de las pinceladas o emborronamientos sobre el viejo lienzo.
Es de suponer que iría descubriendo, poco poco, la hechura de la sombra de la nariz de la
infanta Margarita, aparentemente tan suave y delicada, realizada no con pinceles sino con la hombruna huella del pulgar; y las flores del pelo, conjunto de pinceladas informes y groseras, o los ojos de Ia misma niña: dos manchones cuyo único secreto de realización es haberlos puesto en su justo sitio.