Mezclar las costumbres, los trajes regionales, los bailes y danzas, los instrumentos musicales, y las lenguas, dialectos y modalidades lingüísticas múltiples con la división de España, que tanto ha costado construir durante los últimos mil años hasta desembocar en la constitución de 1978, no puede obedecer más que a intereses particulares de oligarquías que azuzan los sentimientos de quienes no hacen más que trabajar de sol a sol sin darse cuenta de que están sosteniendo y alimentando a esas oligarquías.
Por la regla que miden los separatistas de toda índole, los maragatos tendríamos el doble de argumentos para tratar de destruir la unidad de España.
Hay una diferencia esencial.
Los maragatos desde tiempos inmemoriales hemos emprendido largas caminatas con las tartanas, hemos viajado por todo el mundo, hemos tratado de conocer y escuchar a toda clase de gentes, de saber valorar el pensamiento del contrario y gustar de otras costumbres y, por qué no, de llevar las bragas negras de raso hasta la Patagonia y Uruguay… Esos bombachos de los gauchos argentinos ni más ni menos que son maragatos de la Somoza cuya etimología es “sub montia” en las laderas bajo los montes, de los Polvazares, de los Castrillos, de Astorga.
Si nos hubiéramos quedado “bajo los montes” del Teleno mirándonos el ombligo allí, “submontia” > “sumontia” >"somontia">"Somoza", estaríamos pensando todavía que el traje solemne de los domingos: las polainas negras, las bragas de raso, la chaqueta y la camisa bordada y el sombrero negro, con el rodeo, la mantilla de mil colores y el pañuelo de seda, las castañuelas y el tamborín, y sobre todo “la zapateta” y "la covada”, constituirían lo diferencial, esencia que haría creernos superiores al resto de los mortales. Pero, por suerte y felizmente no ha sido así. El maragato, igual que la maragata, se ganó la credibilidad a lo largo de los últimos diez siglos porque se contagió del cristal del Teleno, hierático, fuerte como los cuarzos de las cumbres, duro, trasparente y con las aristas bien marcadas, siempre mirando de frente, y a no ser que se volviera loco por alguna calumnia que le levantaran nunca cometió un crimen.
Siempre valió más la palabra de un maragato en sus tratos que la firma del notario. ¡Pasen señores, viajen, oigan y vean…!
Ah, y otra curiosidad ignorada: Los verdiales de los montes de Málaga, de Fenicios no tienen nada; de tartesios menos, y de romanos y de moros nada de nada. Son restos de los maragatos que vinieron en el siglo XVI a repoblar las tierras que habían quedado vacías. Todavía hay, incluso, concursos de bailes en El Palo y en los alrededores del norte de Málaga, que ya no tienen que ver con la zapateta, pero se les sigue llamando “la maragata”.
Fotos tomadas de instantáneas de Youtube: