Antonio Marculeta se hubiera desbordabo en improperios recordando cómo un muchacho le había tomado el pelo desde todos los ángulos, pero se contuvo porque todavía no había conseguido su objetivo. José Arias, bruscamente y con admiración de Clara y Leo, cambió el semblante y lo tornó sonriente, como si estuviera loco —pensaron Clara y Leo sin poder intercambiar estas impresiones—. Tenía en la cabeza dos versiones distintas de lo que Pablo había hecho y ya no se atrevió a adherirse a una determinada; y siguió diciendo:
—Lo primero que voy a hacer, será escribirle a Pablo. Voy a tener que pedirle los... el favor de que me ayude, porque yo aquí he quedado y él voló sin dejar la dirección por ninguna parte. —Ya no hilaba la sintaxis.
Se precipitó Clara sin pensarlo:
—Eso no constituye ningún problema, nosotros la sabemos de memoria.
Clara entendió que había metido la pata por la mirada de Leo, ya que, antes de decirle la dirección de Pablo, hubieran tenido que pensarlo más despacio, en vista de cómo se iban desarrollando los acontecimientos. No obstante, para no contradecirla, siguió él, después de haber concluido en unos segundos que, poniendo en antecedentes a Pablo, proporcionar al Vasco la dirección de Pablo no le ocasionaría ningún problema, pues, en definitiva, buscar a su padre a través de algún antiguo compañero de Iberia no haría más que retrasar las cosas, pero, al fin y al cabo, podría conseguirla sin grandes obstáculos; y dijo:
—Si tienes un bolígrafo, copia.
El Vasco copiaba con fruición desmedida mientras que se impregnaban sus pómulos, por momentos, de un rubor latente y enquistado por encima de tres arrugas profundas que hendieron la cara hasta llegar a la comisura de los labios, faz que contrastaba, de nuevo, con su anterior semblante risueño. Una vez que la hubo copiado, los dejó con la palabra en la boca y se fue corriendo tras dar un brinco y apartar la silla. Clara y Leo se miraron interrogativos, pues, con la espantada tan violenta, pisó un poco de crema pastelera que se le había caído a un niño; tras el resbalón, dio un traspié tan aparatoso que se estrelló contra los cristales. Ni siquiera se volvió a dar las gracias a un matrimonio que se abalanzó para sujetarlo, y después del accidente salió al trote doliéndose. Clara comentó:
—¿Qué le pasa a este tío? Parece que está pirao. A fin de cuentas, él no entró en la catedral, y nadie le puede hacer nada.
Terminó Leo:
—No creo que en su cabeza solamente ronde el asunto de los dos pergaminos de Pablo. Yo creo que oculta algo. ¿No ves qué aspecto tiene? Vamos a escribirle a Pablo y contarle todo lo ocurrido.
65
Muy poco tardó el Vasco en cruzar el parque bajo las palmeras de las más raras especies tropicales para llegar al hotel donde lo esperaba el notario. Antes de que terminara de preguntarle al recepcionista, lo sorprendió una voz que entornaba las puertas transparentes que dan al gran vestíbulo:
—Pase, don José, que lo estaba esperando.
En este momento, hubiera preferido que le llamara José Antonio. Una lucidez absoluta le daba confianza frente al gallego de La Coruña y no necesitó introducción alguna:
—Aquí tengo la dirección de Pablo; antes de entregársela le voy a proponer algo. Se trata de un pacto.
—¿Entre usted y yo? —pensaba el notario que se trataría de un chantaje, pues con el Vasco nada tenía en común, pero quedó convencido de lo contrario a medida que siguieron conversando. El Vasco, le contó su vida muy resumida, narrándole los hechos más importantes; también el asunto de Pablo y Leo en la catedral de Astorga, por lo que al notario, que ya había rehusado la profesión de penalista y de otras especialidades del derecho al preparar sus oposiciones, le pasó por la imaginación la idea de que estaba en medio de un avispero, en donde su reputación podía quedar tocada ante cualquier desliz que se produjera. Caviló el Vasco repasando mentalmente todas las conversaciones con el notario, y no encontró en ellas más que una especie de absurdo sentimentalismo centrado en el cuaderno de su difunto tío materno. Por lo que siguió el Vasco en su lucidez coherente:
—Yo he sido profesor y tutor de Pablo, y quiero adelantarle que no conseguirá nada sin mi ayuda, aunque se persone usted en su casa de América; pero estoy seguro de que yo puedo ayudarle a conseguir el cuaderno de su tío. La primera prueba aquí la tiene: ya sé la dirección de Pablo. Así lo he hecho para que mi palabra no fuera puesta en duda. Como, al parecer, decía mi abuelo, que era un médico afamado, y se lo decía a sus compañeros, que se entretenían con latinajos para deslumbrar a sus pacientes cuando no tenían ni idea de por dónde habían de abordar las enfermedades: “pulsus tardus et parvus”; bueno, pues les decía que menos palabrería y más diagnósticos serios, que el movimiento se demuestra andando.
—Perdone don José, pero me he perdido. No sé a dónde me quiere llevar con su discurso.
—Casi me pierdo yo también. Poco me ha faltado. Fíjese usted: le decía que... bueno, mejor...: Yo sé que los malagueños por sus agrestes tierras del norte tenemos fama de fuleros y de no cumplir nuestra palabra, pero yo he de decirle que aunque no nací en Málaga me siento más malagueño que el Marqués de Larios, que también debía de ser adoptivo de estas costas sureñas, y según mis conciudadanos, y es a la conclusión a la que he llegado después de recoger muchas opiniones al respecto, los fuleros y palabreros son los sevillanos, que con cuatro coplas engañan a toda España. Fíjese en la Semana Santa: mil veces mejor la de Málaga; lo mismo que la feria, y sin embargo, ¿quién se lleva la palma y la fama? Ellos —afirmaba con una salivilla en la comisura derecha—; ¿por qué? Es evidente que por su palabrería, que el malagueño es marengo curtido por el levante y demuestra el movimiento en las subastas de pescaíto todos los días desde hace muchas generaciones.
—Perdone, don José. Sigo sin entender qué pretende usted con tal discurso exaltándose, tanto a sí mismo, como a sus conciudadanos malagueños —se alteró el Vasco; y el notario, que estaba muy atento a tan extrañas observaciones, no encajó el porqué del baile de sus ojos poniéndolos en blanco, porque Antonio Marculeta escuchaba y José Arias le inmovilizaba los brazos, como si se los atenazara produciéndole una tetania perceptible en todo el cuerpo, hasta en los labios.
—Pues está clarísimo, se lo digo por si no confiara en mi palabra —despegó la boca—. Yo le dije que conseguiría la dirección de Pablo, y ya está hecho en unas horas.
El Vasco seguía atrapado en su triple mundo, donde uno de los heterónimos le susurraba algo. José Arias concluyó en su intelecto:
—Me acaba de decir lo que tengo que contestarle.