Jhonaski J. Rivera Rondon
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En El Malestar de la Cultural, el psicoanalista Sigmund Freud identificaba dos fuerzas que tensionaban de un lado a otro a la humanidad, El Eros y El Tanatos, pulsiones que iban en direcciones opuestas, la primera se dirigía hacia la preservación de la vida y la segunda hacia su autodestrucción. Teniendo en cuenta estos dos fuerzas en el plano individual, el amor posesivo pareciera el jalonamiento de los dos extremos que conlleva a la total aniquilación de lo deseado o lo amado.
El amplio espectro de relaciones humanas que compone nuestra existencia puede ser definido en gran medida por la philia, palabra griega que refiere a diferentes tipos de inclinación amorosa hacia los demás, el cual puede abarcar desde el plano familiar hasta el erótico-sentimental.
No obstante un enfermizo narcisismo de amores posesivos, así como algún otro complejo, conllevaría a un dañino ensimismamiento, en donde las personas serían más un medio para la inmediata satisfacción que un fin en sí mismo, derivando así en la perversión del imperativo categórico de I. Kant, lo que implicaría una manifestación del mal , dado que tal amor absorbente asfixiaría la vida para hacerla sucumbir a las fuerzas del Tanatos.
En otras palabras, toda relación que entablamos con una persona, bien sea con la familia (por ejemplo la madre sobreprotectora que no deja crecer a su hijo), con una pareja (celos obsesivos que derivan en paranoicos acosos) o con el “mejor” amigo puede sucumbir a un tipo de acercamiento en donde el otro es solo de mi “uso” exclusivo, pervirtiendo así la philia, haciendo de los demás meros animales de vanos placeres personales.
En este sentido El Principito alude a la incompatibilidad del amor posesivo, dado que el amor no significa esclavitud, sino libertad y crecimiento, de allí que la confianza y la apertura hacia el otro sea parte del natural crecimiento de una sustanciada philia.
En un momento en el que el aviador estaba atareado con su problema mecánico con el avión averiado en pleno desierto, en ello el centro de conversación con el principito giró en torno al corderito que le había regalado a petición de este último, donde había dibujado la caja donde estaba el animal, el aviador al preguntarle que para donde se lo iba a llevar, agrego accesorios para “tener” al animal: “una cuerda para atarlo durante el día. Y una estaca.” Y el principito sorprendido responde: “¿Atarlo? ¡Que cosas dices!”. Al parecer, al principito no le importaba para donde fuera el corderito dentro de “su mundo”, dado que ya era parte de el, y al momento que hizo esa invitación, no importaba para donde fuera, siempre lo iba encontrar.
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Es por ello que en cada relación de confianza que entablamos implica una apertura hacia el mundo de uno, y ello depende de la calidad de la filantia (φιλαυτία, amor de uno mismo ), y en la calidad del amor propio incide en la calidad del amor que se pueda exteriorizar, tal como aseveró la voz de uno de los héroes de la la escritora Ayn Rand, quien dijo que: “Para decir: "Yo te amo", uno debe saber primero cómo decir "yo".”
De tal modo que toda philia implica una apertura hacia uno y hacia los demás, y ello supone confianza y amor, que independiente del rumbo que quiera tomar la otra persona, se sabe que al ya ser parte del propio mundo no importa el camino que llegue a trazar, en ese pequeño mundo siempre se podrán encontrar.
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