Una ciudad con hallazgos donde los brazos son tendidos para el que nos visita. Una ciudad de nadie, y de sangre guerrera.
Una ciudad de hombres humildes pero atrevidos, de alteridades justas, y equilibrios reflexivos. Acá se vive pensando en vivir, pocos los que piensan en no partir; y no en morir. Acá se escucha el suspiro de un nuevo amanecer, se oyen las lágrimas y no lágrimas de despidos, por esos temores que cautivan y engañan en querer volver.
Lo que existe busca extinguirse. Un país que quiere pluralidad. Un pueblo que pide que su nación esté libre. Unos hijos que no quieren ser huérfanos de proteínas y fortaleza.
Amo a mi país. Extraño la alegría en el rostro de mí prójimo.
Quiero caminar por esta calle, agarrado de la mano con la libertad, como aquel enamorado que iba pensando en el amor, mientras el viento rosaba su cara.
Sé que invento un país, por eso gritaré con fuerza: “¡Viva la libertad!”
Escrito por Jhon A. Romero.-
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