Venezuela está entre sus hermanos países con sello de: infelicidad; donde se habla lo imaginario. Donde sale golpeada y triste en las fotos, no gracias a lo absurdo de tal calificativo, sino que primero tiene un desangre de amor, venezolanos que salen agrupados hacia a Perú, Ecuador, Argentina, Panamá y a Chile. Y en segundo lugar, cuenta la noticia de la diáspora, con naturalidad, sin mayores gestos de asombro, pero con una fuerte nostalgia.
Los venezolanos crecimos escuchando las historias que contaba mamá o papá. De un país donde se comía manzanas, peras y nutella. Donde cada cierto día mamá o papá podía comprar una pizza para compartir, y las harinas se conseguían en la bodega de la esquina. Venezuela era el país donde comúnmente se podía comer pan, en vez de yuca, más caraotas, que auyama, más chocolate que papelón. Mi país ha tenido por limite la comida, pero ahora parece no tener un fondo que controle su ruina.
Como en un cuento, Venezuela se ve sosteniendo una varita de árbol viejo, mirando el cielo para no pensar en el bus que su madre la obliga a montar cargada de gente molesta, que grita y pelea por viajar en él. Venezuela es el venezolano que odia el bus, como también odia la cola del chino, como también odia a la nueva maestra que suplantó a su preferida; no entiende porqué la dejó para irse a Colombia.
Cada amanecer es otro día en que mi país contará a los hijos; que nunca elijan a un héroe por presidente. Un militar por un ciudadano ejemplo de civilidad, y así Venezuela será la melodía de paz y libertad entre sus hermanos países.
Escrito por Jhon A. Romero.-