Siempre te he amado.
Recuerdo como si hubiese sido ayer el primer día en que te vi. Un dulce atardecer de tonos naranjas que hacía brillar tu hermosa cabellera dorada. Una brisa delicada que trataba de descubrir tus tersos muslos bajo tu acampanada falda lila. Tus ojos como dos rayos de luz extraídos del verde más intenso de la Aurora Austral. Tus labios, delicados y finos, teñidos de un rojo carmesí con los que brindabas la sonrisa más cálida del verano. Tu figura, que Miguel Ángel no podría haber esculpido mejor. Todo en ese instante fue mágico. Estaba viendo a mi Afrodita.
El problema es que tú nunca me viste.
Te cruzaba por los pasillos de la universidad a diario intentando llamar tu atención. Era un espectro para tus ojos, que jamás se levantaban para verme. Vestí las ropas más elegantes, usé las fragancias más exquisitas para que abordasen tus sentidos, pero no me veías.
Poco a poco y sin pausa empecé a buscar medidas más extremas. Uno que otro tatuaje quizás atraería tu vista. Una perforación por aquí o una perforación por allá con tal de que notases que existo. Día a día, mes a mes, cada vez fui adornando más mi ser, esperando el día en que fuese suficiente para que lo vieses, me notases.
Hoy ha sido un día diferente. Lo supe desde que desperté esta mañana, orgulloso de los últimos y más radicales en mi ser. Me dirigí orgulloso de mí mismo a la facultad, haciendo gala de mi nuevo ser. Por el camino todos, sin excepción, quedaban boquiabiertos con mi nuevo estilo. Me dirigieron tantas veces la palabra, siempre en tono burlesco, pero no podía afectarme. Hoy era un día distinto. Hoy mi plan daría resultado.
Cuando llegué al campus no te encontraba. Tuve que recorrer cada salón para intentar ubicarte. Finalmente pude verte a lo lejos, saliendo de un aula terminada una clase. Decidí adelantarme y dar la vuelta por otro corredor: era indudable que te dirigías a la salida. Habiéndola alcanzado primero decidí volver sobre tu camino, con la intención de interceptarte.
Caminaste a pasos de mí y nuevamente no me viste.
¿Cómo era posible? ¿Después de todos estos cambios seguías sin notar mi existencia? Caminé a tu lado hasta llegar al portal de nuestra facultad. No volteaste a verme ni por un segundo, sin importar que tan acechante y cercana resultaba mi presencia. Vi cómo te detenías tras pasar la gran puerta principal y escudriñabas tu bolso en busca de un objeto que tardé demasiado en comprender. Golpeaste el suelo con él y seguiste con tu camino.
Soy un hombre mudo pretendiendo a una mujer ciega.
Ready-made boy. Obra de Ricardo Cinalli (2009).