Sedientos.
Huellas en la arena infértil de un mundo casi extinto, huellas cada vez más profundas en la gran sabana desierta. Dos hombres sedientos van en busca de agua a kilómetros, es de noche y una bestia que algún tiempo atrás fue humana los acecha. Sin percatarse son embestidos, ambos tratan de huir pero uno de ellos entiende que es imposible escapar y decide clavar una daga en la espalda de su amigo. Éste cae y es salvajemente atacado por la bestia con enormes garras que resaltan de sus anormales brazos, su sangrante espalda es amplia y musculosa, de su cabeza demacrada saltan ojos de color rojizo, afilados dientes sobresalen de sus encías.
Atrapa al hombre, lo desgarra y le succiona la sangre, ríos de sangre se derraman sobre la mandíbula de la bestia, arranca los ojos para seguir succionando ahora la sangre del cerebro. Al agotarse la sangre del cuerpo empieza a triturar los ojos para comerlos, está hambrienta, le desgarra el rosto y tritura su cráneo para tragarse el cerebro de un solo bocado. El otro hombre sigue corriendo, la fuerza de sus pies parece indetenible, no mira atrás pero al tiempo escucha unas zancadas, su corazón se acelera, escucha una respiración a sus espaldas, su cara palidece… “Corre, corre” susurra alguien en su oído con un tono de voz acechante y perverso. Salpica sangre en su rosto, sube la mirada y se topa con la bestia.
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