Amigos de Steemit, lectores y amantes de la poesía, hace poco recordábamos a la poeta venezolana Hanni Ossott, quien naciera el 14 de febrero de 1946 y falleciera el 31 de diciembre de 2002, una de las voces más intensas y profundas de la poesía contemporánea. En los últimos años su obra poética ha sido reeditada en diferentes proyectos o casas editoriales. Quiero compartir con ustedes una ponencia que presentara en un panel realizado en su homenaje en el Ateneo de Valencia (Venezuela) hace varios años. Por su extensión la presentaré en dos partes; aquí va la primera.
HANNI OSSOTT: LA LUCIDEZ DESDE LA HERIDA (Parte I)
cuando es capaz de encontrarse a sí mismo
en el absoluto desgarramiento...
Mi verdadera aproximación a ella –y es de esperar que suene a trivialidad– se produjo en el contacto con su escritura, bien en sus ensayos o en sus textos poéticos. Aunque parezca extraño, mi primera experiencia –difícil, por cierto– fue con su libro de ensayo Memoria en ausencia de imagen. Memoria del cuerpo, de 1979, que no lo leí exactamente en ese año. Su autora era desconocida para mí entonces; lo que me atrajo fue el juego de su título. La lectura de Memoria en ausencia... –lo recuerdo claramente– aconteció como una experiencia de contradictoria fascinación: el encuentro con una reflexión y un lenguaje que me embargaban, que me provocaban perplejidad, desazón y gusto, a la vez.
Pero mi “hacerme” a Hanni –si se permite la expresión– ocurrió con el conocimiento de su poemario El reino donde la noche se abre, en aquella noble edición de 1987 de la editorial Mandorla, tan sabiamente dirigida por Juan Liscano. Habían transcurrido quizás unos siete u ocho años de la lectura de Memoria en ausencia..., mas sentía que me volvía a encontrar su punzante espíritu y revelador temple esta vez en la voz poemática. Además del desgarrador y conmovedor poema “Del país de la pena”, tres de sus textos se reunían en mí para conformar una suerte de eje interpretativo de la visión y la obra de Hanni: “Ser”, “El reino donde la noche se abre” y “Una playa sin fin”. La extrañeza y el abismo forjaban su reino en la conciencia; la vislumbre de la nada y lo absoluto asentaban el necesario despojamiento; en el descubrimiento de la carencia esencial se abría otro saber.
Como se conoce, por varios años Hanni Ossott tuvo a su cargo, en la Escuela de Le-tras de la UCV, la asignatura “Literatura y vida”; declara, en uno de los textos reflexivos sobre su trayectoria, que se trataba en esta materia de ver “la obra no sólo como un trabajo sino como el resultado de un estado de alma y de un vivir”. Y es este, precisamente, el sentido desde el cual cabe ver la obra de Hanni: la unidad entre escritura y vida, la obra como un espacio móvil donde se articulan los signos ocultos o manifiestos del propio existir y del ajeno, que también nos constituye. Vida y obra son en ella inseparables. El duro aprendizaje y la ardua maduración graban el transcurso existencial y escritural de Hanni Ossott como una herida que se reconoce y se asiente. Por tal razón, la palabra en ella es fuego (“de la literatura me importa el fuego”, nos dijo), cuerpo crepitante, en ascuas, que se configuró como pensamiento e imagen, también indesligables, tanto en sus poemas como en sus en-sayos. Destaco aquí que la reflexión de Hanni, de penetrante contenido filosófico, se nutre y dialoga –vívida 'angustia de las influencias', 'afinidades electivas'– con el pensamiento estremecido de escritores como Rilke, Nietzsche, Heidegger, Broch, Bataille, Blanchot, a los que ya María Fernanda Palacios ha identificado como “voces tutelares” de la autora.
Trataré en adelante de ofrecer mi impresión, mi visión personal como lector, acerca de lo que considero ciertos nudos formadores de ese entretejido complejo de pensamiento e imagen en la obra de Hanni, que actúan como verdaderos puntos de fuga, en su significación musical y pictórica, pues ellos convergen, divergen o se esfuman en un horizonte inasible. Me aproximaré a ellos a través, fundamentalmente, de sus libros de ensayo Memoria en ausencia de imagen, Imágenes, voces y visiones y Cómo leer la poesía y de su libro de poemas El reino donde la noche se abre.
Reconozco en Memoria en ausencia... una idea-imagen clave: la herida, eje de todo ese libro, pero también, en gran medida, de toda su obra posterior. ¿De qué herida nos habla? Hanni la califica como “herida esencial”. Mas no es algo que podamos determinar o precisar del todo. “Sabemos la herida, lo que no sabemos enteramente es lo que nos hiere”, expresa. Sin embargo, encontramos algunos indicios de su carácter en el texto.
La herida nos coloca frente a la realidad del cuerpo; indudablemente la imagen como tal nos refiere a él. El cuerpo alude aquí, en el sentido dionisiaco y nietzscheano, a carnalidad, sensualidad, deseo, embriaguez, significados que podríamos asociar al concepto de “tierra” en Heidegger, o, en una orientación más común, a la idea de naturaleza. La herida esencial, pues, parece indicarnos la existencia de una escisión y una obliteración producida en el proceso cultural. Es la manifestación de una separación, la de nuestro cuerpo con respecto a la naturaleza; por eso, implica la pregunta por “la ausencia de unidad”, “la nostalgia de lo pleno”, en frases de Hanni, quien, en algún momento de este libro, utiliza como epígrafe un fragmento de Las olas de Virginia Woolf, que nos resulta sumamente revelador: “Por un instante, vimos yacente entre nosotros el cuerpo de aquel ser humano completo que no conseguimos llegar a ser pero que, al mismo tiempo, no podíamos olvidar”.
La herida, entonces, sugiere la conciencia de una pérdida, y, a la par, el deseo de unidad y de regreso a una relación atemporal; la presencia del conflicto de una “naturaleza despedazada en individuos” (en cita que hace Hanni de Schopenhauer); una remoción psíquica habitada por la incompletud, el desamparo, el dolor, la muerte. Porque encarar la herida, convivir con ella, supone un “vivir a ras del ser”, y, en esa medida, el acceso a un saber esencial, “ése que le revela su participación en lo incognoscible”, como Hanni lo sintetiza; revela “nuestra pertenencia a lo perecedero”, y por lo tanto, nuestra exposición a la vulnerabilidad, a la limitación, a la intemperie, a variadas formas de muerte. Ese saber radical, que en el fondo es un no-saber, se muestra como silencio y pausa ante “el espacio de lo indominado”, también expresión de Hanni, es decir, ante el misterio, como diría, entre otros, nuestro poeta Rafael Cadenas.
No obstante, en la herida reside el impulso a crear, la obra responde a ella. Así dice Hanni: “el cuerpo generador de la palabra creadora es un cuerpo zanjado, abierto, roto, en combate”. Por eso intuye que la palabra, la obra, que se erigen desde la herida esencial comportan la posibilidad de la transgresión de sí mismas, del escritor y de su relación con el mundo.
¿Qué ocurre con esta transgresión? ¿Cómo entenderla? No es nada fácil abordar estas interrogantes, sobre todo, porque sus respuestas, si las hubiera, reúnen en nuestra escritora un haz de particularidades y asimilaciones psíquicas de entrañadas relaciones. Aunque difícil, intentemos aproximarnos a su complejidad.
Aprecia Hanni que la transgresión, o la rebelión, como también la nombra, quizá con cierta resonancia de Camus, “consiste en decir yo, pero decirlo implica también vivenciar la contradicción y la angustia, pues una vez en el límite del yo se inicia la búsqueda de lo otro”. Este yo que se dice se ejerce desde la precariedad, desde la insuficiencia, como una pregunta por la unidad irrecuperable, es decir, como una intuición de la separación. De allí la pugna y tendencia a lo otro. ¿Qué es lo otro, a la luz (o mejor, a la sombra) de este pensar? Hanni alude a ello con varias palabras: lo originario, el misterio, lo desconocido, la excedencia, la desmesura, la extrañeza... Nos ha dicho que lo otro es “urgente a nuestra naturaleza”, la cual “ama el abismarse en lo otro”. La tentación de lo anónimo, lejano e inefable resulta inminente, actúa en nosotros como fuerza inconsciente y necesaria. Por la ineludible revelación de lo ajeno e ignoto se desliza la parte oculta u oscurecida del ser, de la naturaleza, lo que supone una puesta entre paréntesis del yo, “una disminución de nuestra individualidad”, como expresa en algún momento.
La extrañeza y el abismo, ya nombrados, constituyen nudos centrales del pensamiento de Hanni. Lo ajeno, lo incógnito, se muestra para el yo como un límite, una privación, pero, en verdad, fundamentalmente desde allí, y precisamente por ello, es posible el decir, aunque lo que es se nos presente incomprensible, mudo, desasido. Tal vez una de las representaciones más recurrente de ambos sea el mar, como creo verlo en el verso inicial del poema “Tierra firme” de El reino donde la noche se abre: “Este mar sin límites, vasto, que nos habita”, o en el brevísimo poema de su libro Hasta que llegue el día y huyan las sombras: “El mar / en mí / no deja dormir”.
La extrañeza es condición del ser, exceso del vivir que pasa inadvertido para la conciencia normalizada del individuo; sin embargo, condición también del encuentro. “Lo extraño –anota Hanni– es ser doliente y amante en medio de la indiferencia de lo que es”. Siguiendo a Rilke, percibe que, desde esta disposición, lo real, en su sentido más abierto e inapropiable, nos sostiene en, o sea, nos acerca al fundamento, aun cuando nos desconozca y descoloque como individuos.
Asociada o fusionada a la extrañeza, está la experiencia del abismo, el abismarse recalcado por Hanni. En un ensayo de su libro Cómo leer la poesía podemos apreciar:
En el movimiento esencial del existir, como raíz aglutinadora del principio y fin, se despliega la tendencia al abismarse. Lo abismal ‘dispone’ de nosotros según su ley y nuestro saber queda siempre al margen de aquello que nos mueve.
Concibe la experiencia del abismo como una suerte de fuerza inmanente al existir, cual inclinación propia de este, como igualmente lo encontramos en Memoria en ausencia...: “[...] la existencia descansa sobre un fondo sin respuesta. La nada brilla entre su carne”, o cuando escribe: “El vivir es también el movimiento hacia ese estado de suspensión”. Más allá de este carácter inherente, parece haber en Hanni una conciencia de la necesidad del abismarse, como formando parte de su opción vital; en ese sentido interpretamos, por ejemplo, el fragmento de su poemario El reino donde la noche se abre:
De las honduras, las siempre en brasas
este corazón en quema
arriesgando origen y forma
abismándose
en lo sin fondo, sin límite
Su palabra dolida desde lo profundo, desde lo bajo, desde “el corazón ardiente de la tierra”, es decir, desde la insondabilidad abrasadora del vivir, acoge su par: el abismo. La palabra poética, que en Hanni es verdad vital, se experimenta abismalmente, dicho de otro modo, como sustrato, heredad y rumbo marcados por el vacío. Con lucidez, expresa en distintos momentos de su Memoria en ausencia...: “Quien busca desde el saber poetizante [...] conoce la amenaza de quien toca el fondo [...]”; de modo semejante apunta: “Escribir [...] es disponerse a un hacer desde el vacío [...]”.