Si están interesados en leer la primera parte, pueden ir aquí.
HANNI OSSOTT: LA LUCIDEZ DESDE LA HERIDA (Parte II)
La fuerza por la que fundamos el mundo, la mano que traza el signo, erigen su hacer contra un espacio de escaso amparo. [...] contra lo que nos desconoce e ignora, contra lo que nos tienta y atrae: el espacio del anonadamiento, [...], allí donde el cuerpo pierde el habla y regresa a su más íntima esencia: su hundimiento en la nada.
Eso que llamamos cultura o civilización, concretado, por ejemplo, en lo literario, se construye en oposición a la amenaza de la nada, espacio siempre virtualmente presente en la existencia, a través de todo aquello que es peligro de aniquilación, de anulación. Contra ello, consciente o inconscientemente, luchamos, para conjurarlo, por medio de la simulación, el rodeo, la seguridad, el conocimiento. Nos protegemos así del “espanto del no-ser”, expresión usada por Hanni.
No obstante, puede abrirse una conciencia dispuesta a afrontar y aceptar ese estado del existir en el que la carencia, la desnudez, la fisura, la sombra, la imposibilidad, la negación, se ofrecen como facetas necesarias e ineludibles. Entonces se asiente a la nada, pues, desde ella es posible el encuentro. En la escritura, en la obra, la nada puede llegar a convertirse en una verdad, puede llegar a ser su fibra y energía. Nuevamente un fragmento del libro antes citado lo sugiere:
Quien escribe invierte la relación con el mundo, no opone a la nada que lo funda su habla, sino más bien descubre, desvela la nada y habla desde ella. El viaje de quien habla desde la nada es itinerario sin centro, improbable [...]
Hablar desde la nada es alterar la relación culturalmente aceptada en nuestra conducta psíquica y social. Hablar desde la nada implica experimentar y tolerar la verdad de lo que nos limita, nos niega, nos excede. Con respecto al discurso actual estandarizado, supondría descreer de las retóricas planas que nos venden el bienestar absoluto, el éxito, la autoestima, el poder, entre otros ídolos recientes. Contrariamente, se procuraría contemplar, como parte de nuestro ser, la debilidad, el temor, el fracaso, el dolor, la enfermedad y, en grado sumo, la muerte.
No hay nada seguro en este hacer-escribir, apenas la vislumbre de un derrotero que, desde el desamparo y la zozobra, podría acercarnos a la realidad de nuestro origen, a nuestra naturaleza, al “sacro hervor del ser”, como expresa Hanni en algún lugar de su libro Cómo leer la poesía (2002).
Observamos en el poema “Del país de la pena” del libro El reino donde la noche se abre (1987):
Desde lo profundo y oscuro escucho y tiemblo
Oigo lo profundo, lo oscuro, lo difícil
las contradicciones, todos los polos opuestos
las negruras, las blancuras, los intercambios
como si lo blanco reuniera a lo negro
como si lo negro reuniera a lo blanco
Un espíritu que padece su nada, que se abre a la confusión y a la perplejidad; una voz que nos habla desde la turbación. Y allí está el dolor y la difícil disposición a la aceptación. “¿Quién soy? / Primero una pena, luego el soportar”, continúa la voz del poema. La voz de un cuerpo que se sabe herido, advierte el dolor y su necesidad, prueba sus extremos.
Varias veces Hanni tocó esas fronteras del vivir y reflexionó sobre ellas. De ese modo, al hablar sobre Nietzsche en Memoria en ausencia..., anota:
Sólo desde el dolor puede el hombre superarse a sí mismo y participar de una aristocracia de hombres dolientes, [...], de hombres que se lanzaran al pavoroso espacio de la nada y que oscilaran en la angustia y el suplicio del ser y no-ser.
Sin pretender atribuir por completo este pensamiento a la convicción personal de Hanni, sí podemos reparar en una conciencia próxima a él. No por casualidad encontramos en su ensayo “El estuche carmesí”, incluido en Cómo leer la poesía, la siguiente declaración: “Tengo la extraña sensación de que nuestra época debería dedicarse un poco más al sufrimiento. A la compasión, a la tristeza. No todo está de fiesta siempre”.
En el dolor, y en todo lo que este puede suponer o generar, reconoce Hanni la crudeza del cuerpo, la manifestación de su pulsar urgido, capaz de hacer alma al propiciar la conciencia de lo sensible y lo extremado, la emergencia de un saber interior respecto a la condición oscura e indomeñable del ser.
En ese orden piensa Hanni la enfermedad, que es alteración de cuerpo y de alma; por ello nos habla, en Imágenes, voces y visiones, de la “enfermedad del vivir”. Antes, en Memoria en ausencia..., al recuperar la concepción de Antonin Artaud, ya refería a “la enfermedad esencial por la que un hombre se descubre partícipe de lo brutal, del vacío, del desamparo [...]”. Epifánica, reveladora, la enfermedad es otra imagen del estado desde el cual habla la obra que se produce como resonancia del cuerpo y del alma, aquella “en la que el proceso creador –sostiene en Imágenes, voces y visiones– es el resultado, no sólo de una ‘voluntad’ de organización sino que éste se halla subordinado a las fuerzas interiores y a los fenómenos inconscientes [...]”.
Por este camino nos hallamos con otra de las ideas-imágenes más graves y sugestivas en la obra de Hanni: la muerte. Avenida o compenetrada a las anteriores, la muerte aparece en su escritura colmada de relevantes matices e implicaciones.
Quizás sea en Memoria en ausencia... donde inaugura su aguda meditación sobre la muerte; allí podemos identificar claves que formarán y acompañarán su pensamiento en los siguientes libros. Allí, en una forma casi sentenciosa, afirma: “El vivir requiere del morir”. Paradoja conocida, dirán algunos, pero, en realidad, de no tan evidente comprensión. Tendríamos que visitar otras observaciones suyas.
Hanni se atreve a pensar el morir más allá de su condición de acontecimiento físico individual; se detiene en “el morir del ser, ese morir anónimo, indiferente, eterno”, frase de insustituible fuerza expresiva. Es la muerte como situación común y universal, pero no destacada ni magnificada, particular aunque compartida, ignorada aunque sabida, fugaz aunque constante.
Por eso en Cómo leer la poesía señala la diferencia entre muerte física y muerte psíquica, para resaltar la importancia de ésta última en relación con la poesía, pues ha enunciado que “la conciencia de la muerte fundamenta la poesía”. Nos presenta a la muerte psíquica de un modo tan propio cuando se refiere a ella como: “Ese aprender a perder suave o bruscamente con el vivir”. Allí creo ver la mejor explicación –si vale la palabra– a la primera afirmación. Es un aprendizaje que para Hanni supone, no un ánimo en la búsqueda de éxitos o firmezas, sino una conciencia sensible a la precariedad, la disolución, el asombro. Una experiencia formada por “aquello que a diario nos deja” –en sus palabras–, que permite saber y sentir las fugas y las pérdidas. En la vida se nos paralizan actuaciones, gestos, visiones, deseos, palabras; o los restamos o extraviamos. Nuestro vivir para ser tal, parece decirnos, demanda la atención e incorporación de las partidas, abandonos, extravíos, olvidos, disminuciones que lo conforman íntimamente.
Se trata de “un saber instalarse frente a lo raro del existir”, por lo que subrayará, como lo plantea en Imágenes, voces y visiones, que “la experiencia del morir, del morir psíquico, lejos está de ser una experiencia sólo negativa”. Aquí se nutre de Rilke, de su sentido del “destino” como algo vinculado a la disipación. Así, reflexiona Hanni: “lo que Rilke enseña en torno a ese disiparse es que todo aquello realizable o decible, lleva en sí el tiempo de vivir y el tiempo de morir como los dos lados esenciales [...]”.
La muerte, pues, se mueve en los entreveros de la vida, irrumpiendo como omisión, ocultamiento o ruina en todo el hacer, pensar o decir. Su circulación, generalmente inadvertida, marca y decanta, envuelve e interviene nuestro cotidiano vivir. Incluso puede ser estado o talante que alcanzamos, ese en el cual accedemos a la suspensión del enfrentamiento y la angustia, a una “franca desnudez e inutilidad”, a “un dejarse-estar-ahí-pasmado”, como ella acota. De ese modo percibo el poema “Ser” del libro El reino donde la noche se abre, que seguidamente transcribo completo:
Estoy en una playa sin fin
mi alma se despliega
inconsulta
hacia una rara nada
No sé de mi nombre
de mi cuerpo
absuelta de todo ser
de toda obligación
me entrego
a solas
al ardor
me adormezco
Infinita, soy esta arena
lo que me borra
lo que quiero ser
Cuando nos asomamos a estos abismos pensados y vividos por Hanni, compartidos con sus “voces tutelares”, pareciera que nos hundimos en la ausencia de toda respuesta o salida; pero no es así. Hanni también piensa la posibilidad de la “cura”, como la denomina. Y la refiere a la poesía, al arte. Dice en Cómo leer la poesía: “El artista debe vivir en la cura. Esto suena escandaloso, pero es así. La cura quiere decir aquí mantener una tensión lírica con la alta presión de los contenidos desbordados del alma”. Situada entre el vivir y el morir, la creación y el aniquilamiento, la opresión y la libertad, el amor y el dolor, la obra, la poesía, se abre a la redención, sin negar el fracaso. Así lo asienta en Memoria en ausencia...: “[...] en el ejercicio de la obra se inicia la cura de la herida y la expurgación”. El artista, el poeta, debe aprender a vivir su noche, la muerte, pues es desde esta conciencia desilusionada y arrojada como resulta posible –expresa Hanni en Imágenes, voces y visiones– “otorgar la palabra más viviente, [...], esa que celebra desde la ruina, esa que ilumina desde las sombras”.
La palabra creadora, consciente de su provisionalidad, de su ambivalencia, de su tránsito, entonces, después de todo, es un acto amoroso levantado sobre la disipación y el hundimiento, es “el movimiento de un querer hacer posible”, en frase suya, y ha de celebrar, como quisieron Whitman y Rilke. Al respecto Hanni declara con temblor y belleza:
Celebrar poéticamente significa, a pesar de la fuga, retener por el canto instantes de vida, sostener, en la palabra y en lucha con el silencio, cuerpos, imágenes, figuras, en contra de la corriente del destino que cierra su círculo en la nada.
A conciencia de que dejo en suspenso o fuera varios aspectos capitales del pensamiento vital y poético de Hanni, quisiera finalizar ofreciéndole(s) mi personal tributo, con un poema que escribí a raíz de su fallecimiento.
a Hanni Ossott,
en la novedad de su muerte
02 enero 2003
Mi cuerpo se hunde en la cama.
Una sábana limpia y familiar
es el universo ahora.
Enciende esa vela, por favor,
para que ilumine el viaje.
Siempre será la noche
la abertura del reino.
La poesía no llega,
¿o ya está y no la he visto?
La muerte propia hace tiempo
que se hizo en mí, Rainer.
Las paredes son tan lisas.
Las ventanas abren sus alas.
“Todo ángel es terrible”
¿Escribo el poema,
o apenas lo presiento?
Lo abierto está sin decirlo.
Una palabra, una mirada,
me traspasa, me salva.
¡Cuánto dolor en este costado,
cuánta vida,
cuánto infinito!