Durante el tiempo que los huesos de mi caballero no se encuentran fundidos en los míos, intento mutar a una especie que se nutre de la morbosidad ajena.
Disfruto el ser la mujer deseada, penetrada con las miradas y acariciada por los pensamientos de quienes sin saberlo por no poseer las bondades económicas de mis clientes, me ven pasear por la ciudad, disfrazada de acaudalada señora luciendo los costosos trajes que él me trae cuando regresa de sus cada vez más largos y extensos viajes.
Juego a la seducción dejando escapar algún mohín de los labios y hasta me hago la ofendida cuando alguien más atrevido deja escapar alguna lisonja o un comentario prosaico sobre mi belleza.
Me gusta ser mujer de día.
Es una aventura que no jugaba desde mi adolescencia, cuando mis atributos físicos comenzaban a llamar la atención de los amigos.
Ahora es diferente pero tiene el mismo sabor perverso de entonces.
En ocasiones me he sentido tentada a dejarme llevar por mis fantasías y propiciar un romance prohibido con algún admirador, pero la cordura de manera recalcitrante me lo ha impedido.
He entrado en una etapa de desconciertos, de deseos que no quiero cumplir y de fantasías que mi condición nunca me permitirá realizar.
A veces divago sobre la posibilidad de ser esposa, madre, señora de sociedad que quema sus años en fatuas celebraciones o en frivolidades.
A veces pienso que no soy lo que el destino provocó que fuera sino lo que muy profundamente siempre quise.
Lo que desde la pubertad pude haber deseado, porque mis estrógenos y progesteronas siempre sufrieron de un cataclismo nuclear ante la presencia de algún ejemplar del sexo opuesto que me atrajera.
Mis valores familiares lograron mantenerme reprimida y cuando pude escapar a ellos, la ley de acción y reacción entró a formar parte de una errática época.
¿Qué sería de mi si en este momento estuviera, como casi todas mis amigas de la adolescencia, casada y con hijos?
Sin dudas sería una catástrofe.
Los sicólogos que invierten millones de dinero en desenmarañar el comportamiento humano se suicidarían ante mis elucubraciones.
Me gusta sentir.
Me gusta que me sientan.
Que mis neuronas exploten ante la magia de una caricia.
Que la sensación de plenitud llene mis entrañas en el momento en que el semen invade lo más profundo de mi vagina.
Tal vez sea un caso no conocido de ninfomanía.
Tal vez sea un caso de demencia o puede que yo sea portadora de un síndrome cuya patología es ir contra la realidad.
Tal vez sea una sicópata social porque aunque lo niegue y los temores me arropen, no me importa vender mi cuerpo.
No me importa recibir caricias sin alma.
Recibir sentimientos amorfos.
Besos comprados.
Caricias minusválidas.
El tener una larga lista de acompañantes en mi cama.
Soy diferente, extraña, posiblemente una simple enajenada, o tal vez una furibunda aberrada.
De día me siento diferente.
Siento que formo parte de la mayoría, que aparenta ser lo que en realidad no es o nunca será.
Siento que dejo de estar excluida.
Que practico la dilogía en la que se sustentan los valores o las leyes que rigen a un mundo de seres autómatas.
De seres que intentan ser andróginos.
De día soy como el sol.
Radiante, cálida, prometedora.
Como la brisa marina.
Como la mentirosa verdad.
Soy ave cantora que se transforma en murciélago cuando se apaga el sol.
Soy como las mareas en espera de la luna.
Tengo tiempo viviendo al vaivén de las visitas de ese amante que no termino de descifrar pero que ha logrado abonar el terreno para hacer de mí una prostituta alegre.
Una prostituta con personalidad secreta que se ufana de poseer la dualidad de ser luz y oscuridad, calma y tormenta.
Que ha descubierto que ser mujer no es tan sencillo como parece.