Ha finalizado el ritual mañanero del pueblo, que reunido observó como el verdugo clavó el puñal en el cuello de la vaca que sirvió de alimento ese día y que los presentes llevaron en trozos palpitante y caliente a sus hogares.
El losado suelo blanco brilla ante el saliente sol y es ineficaz el trapo que con fuerza el hombre pasa para limpiar la sangre que lo cubre. Sus manos han adquirido un rojo intenso y el sudor que baja de sus brazos se mezcla con ella creando surcos que logran separar ambos líquidos.
Es indiscutible que somos naturalmente asesinos.
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