Desde nuestras ventanas, el árbol del cielo siempre posee ese color verde que subyuga a la tarde y penetra en la noche, buscando entre sus sombras o sus rayos de luz producidos por la luna en plenilunio, las soledades que viajan errantes, que se encuentran en el aire y van a recostarse en su regazo, abrazándose y fundiéndose.
Su tronco de color claro y suave parece la tibia mano que recorre la piel, brindando emociones que nos llevan al recuerdo de esas horas que nunca llegan, de esos amaneceres en que confundidos en invisibles formas viajamos a ese mundo etéreo, donde la esencia es cuerpo y las miradas se conjugan en los ojos de las estrellas y en la voz del silencio.
Sus ramas fuertes alejan la fragilidad que pueda romper el hechizo y aprietan el cordón que comunica la sintonía de sentimientos que navegan libres, excluidos de la barbarie que la realidad cotidiana provoca, distantes de la posesiva acción que coarta los espacios donde los sueños y las fantasías cambian a desencuentros, inquietudes, necesidades, reclamos e incomunicaciones.
Sus hojas poseen la savia donde reposa sin tiempo ni distancia el aroma que emana de la conjunción de pensamientos, que en el misterio de las ansiedades han ido dejando restos de la esquizofrenia desencadenada que el bullicio de la ciudad, con sus aires de locura, transpira.
Ha ido creciendo a escondidas de ese maremagnum de indiferencias que erosionan la estructura de la razón y le crean el paralelismo de una ambivalencia que se posesiona de los rincones inexplorados, que nos van dando paso al conocimiento de un lugar que se va edificando, ajeno a la costumbre o a la cotidianidad que asesinan sin piedad.
Desde la ventana, el árbol del cielo extiende sus brazos, duende de la onírica sensación que refugia el horizonte y va dando vida a formas metamórficas que escapan por segundos, como chispas de fuego, cabalgando a través del estrecho túnel de la inconsciencia, en señales telepáticas capaces de obtener resultados en el universo profundo.