No recuerda que hace allí, parada en la estación del tren, solo hay una sensación de soledad que le carcome toda y le provoca nauseas.
La cabeza parece palpitarle y los colores de las paredes de la estación que antes eran verde y amarillo ahora han cambiado a unas tonalidades que no sabe cómo definirlas.
Se sienta en uno de los bancos de concreto que se encuentran al fondo del andén, cerca del empalme de las dos vías y el vértigo se apodera de su cabeza provocando que todo lo que en su estomago descansa salga fuera.
Uno de los vigilantes se acerca presuroso y en minutos está rodeada de curiosos y personal de primeros auxilios, alarmados ante el inusual hecho.
El olor a alcohol penetra sus fosas nasales y una sensación de frio la embarga.
-¿Se siente bien?
-Sí, muchas gracias.
En pocos minutos está de nuevo sola.
Rastrojos de recuerdos le llegan intermitentemente.
La cara preocupada del médico que le dice algo es como una pintura surrealista que no sabe descifrar.
El repiqueteo del celular que entona una melodía que se le hace muy familiar la lleva a sacar de su bolso a este y responder.
Del otro lado escucha la voz preocupada de una joven.
-¿Mamá dónde estás?
Responde de forma autómata.
-En la estación del tren.
-No te muevas de allí, en pocos minutos llego a buscarte.
No la recuerda pero por lo visto es su hija, así que decide cumplir su pedido.
Mientras guarda el celular observa una orden del médico y extrayéndola la lee.
“Le remito a Esperanza Castillo, con diagnóstico de ependimoma para ser evaluada con la finalidad de practicarle radioterapia y quimioterapia…”
No sabe lo que es, pero coloca el rostro entre sus manos y llora.