Desde las pampas argentinas llego Frank a Tejas, adquiriendo una finca donde además de criar ganado para carne y leche, sembraba pastos para alimentar al primero.
Nadie conocía su verdadero nombre porque sin lugar a dudas el del registro de nacimiento no era el mismo, porque argentino con nombre de gringo es como japonés que se llame Canuto.
La transculturización fue implacable con su idioma materno, porque a medida que los años pasaron, su vocabulario disminuyó, consecuencia lógica provocada por la esbeltez de términos del Ingles.
Un día, mientras la navaja afeitaba su barbilla despojándola de vellosidades blancas, hacía un soliloquio con el espejo.
"No puede ser que no entienda lo que me escriben los amigos"
"¿Será decadencia idiomática o lagunas provocadas por la vejez?"
Era un dilema difícil por lo que optó por escribir a los amigos frecuentemente, ejercitando así el uso de las palabras.
Se compró un diccionario enorme, de los que decían poseer todas las palabras inventadas y por inventar, incluso la jerga entrecortada con la que Cantinflas se expresaba en las películas que grabó.
Poco a poco creyó que el problema estaba solucionado, y desnudo ante el espejo del baño, imitando la celebre frase puesta de moda por el Chapulín Colorado, se decía "No contaban con mi astucia".
Se había olvidado nuestro amigo que el español no solo se alimentaba conociendo las palabras, sino que igualmente los giros del lenguaje provocados por las figuras literarias provocaban cambios en los significados o alentaban a crear frases que parecían desfasadas pero tenían un significado mortal.
De su vieja patria heredó la costumbre de tomar mate, una infusión hecha de hierbas a la que los prácticos llaman Te Gaucho, pero dada las circunstancias y lo difícil que resultaba traerlo importado comenzó también a sembrar los ingredientes que lo conformaban, esto lo hacia en un pequeño jardín situado al fondo de su casa, lugar donde el ritual sobrepasaba la siembra y en donde rememorando tiempos idos, el viejo zorro entonaba a capela el himno de su patria, en un tono muy bajo para que su peón norteamericano no lo escuchase y fuese a vociferar por allí que estaba perdiendo la razón y era un antipatriota por preferir este al de su tierra de adopción.
Era Frank un caso de esos que solía presentar Ripley, un verdadero manjar para los siquiatras y un conejillo de indias inigualable para quienes enseñan esperanto, porque esa dualidad con la que mezclaba las palabras de ambos idiomas estaba mas cerca del papiamento que cualquier cosa.
Por si fuera poco, su sentido del humor era tan negro que pasaba minutos enteros riéndose de si mismo y contándose historias y chistes donde resultaba el protagonista, esto sin mencionar que pegaba gritos en el baño entonando tangos de Gardel, de una manera tan musical y sonora que el Gallo Claudio envidiaría.