Una noche tras una lucha de caricias en la habitación del hotel de las afueras de la ciudad que se hizo común para escapar del ambiente de promiscuidad del lugar donde trabajo, y de quedar exhaustos tras una batalla en la que recorrimos nuestra piel impúdicamente, sin vergüenza o respeto, reinventando el Kamasutra, el Ananga Ranga u otro libro erótico hindú, me atreví a cruzar el límite y preguntarle por su estado civil.
Me miró en silenció a los ojos y pude notar que los suyos eran de un gris verdoso parecidos al mar cuando está en calma.
Me dijo que era felizmente viudo y me pareció imprudente preguntarle la razón de estar feliz de la muerte de su pareja, sin embargo tras un silencio de minutos en los cuales el frio de la madrugada jugaba a ser celestino o verdugo de nuestra intimidad me contó la historia y me sentí arrepentida de haberle juzgado y condenado.
Se casó casi adolescente por acuerdo familiar con una joven a la que conoció un día antes de la celebración, quien tenía su misma edad y cuya prosapia se extendía en el tiempo hasta la realeza.
Era hija de un socio de su padre y habían sido comprometidos desde que nacieron, como mutuo agradecimiento a haber sobrevivido juntos a la guerra.
A pesar de parecer extravagante o poseer raíces arábicas, esta práctica era muy común en la época, como una forma de mantener un estatus y de impedir que se mezclaran o sumaran a las mismas, familias de menos recursos o de inferiores títulos honorarios.
Lo sabía porque mi primer amor de la pubertad perteneció a esa casta y fue enviado a un largo viaje del que nunca regresó, solo por el hecho de haber puesto su vista en mis pretendidos encantos.
Una vez escuché a mi tío, todo un ejemplar de borracho incurable que catalogó esas costumbres como prostitución controlada.
Sin embargo, a mi amante caballero no le importó seguir la tradición y tras la muerte de su padre, siendo único hijo, tomó posesión de la fortuna familiar y desde entonces la misma se ha multiplicado traspasando las fronteras de la nación.
El amor como en los tiempos vividos estuvo marcado por el formalismo propio de la sociedad pero dio como fruto un heredero que hoy es un adolescente y que estudia para hacerse cargo de la fortuna familiar en la mejor Universidad del mundo, situada fuera de las fronteras del país.