Su esposa, víctima de una penosa enfermedad fue apagándose lentamente, a pesar de poseer los mejores médicos y la disposición de la fortuna de ambas familias.
La leucemia terminó venciendo y librándola de los dolores de otras complicaciones producidas por esta.
Hace apenas un poco más de un año que esto ocurrió, por lo que deduje que cuando visitó por primera vez mi sitio de trabajo había transcurrido poco tiempo de esa desgracia.
En ese momento entendí la oscuridad de sus ojos y su apatía ante mi cuerpo.
Entendí que tal vez visitó el lugar para huir de los fantasmas de su mente y no para buscar caricias compradas o sexo.
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Casi nunca las cosas son lo que parecen.
Casi nunca quienes aseguran que la primera impresión es la que marca el futuro de alguna relación o situación en la vida, tienen razón.
La diferencia entre un acaudalado caballero y un mesonero está en su traje sino en lo que realizan y nada de lo que se realiza debe ser satanizado o prejuzgado.
La diferencia entre el homo erectus y el homo sapiens no está en su inteligencia sino en la capacidad para verlo todo desde un punto de vista menos elaborado, más instintivo, aunque sea irracional.
Nos vanagloriamos de nuestra capacidad para ser seres superiores y nos olvidamos que no existe esa supuesta preeminencia cuando nuestro sustento de convivencia no existe o es más salvaje que el de cualquier fiera.
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Mi caballero estaba preso entre esa maraña de cosas permitidas y prohibidas.
Yo era su forma de rebelarse.
Lo entendí con el tiempo.
Aunque más allá de la pasión y la lujuria, igual percibí su afecto.
Su amor diferente, libre y sujeto a las circunstancias.
Su manera de compensar ese abismo que existía entre sus enseñanzas y mi habilidad para hacer de cada encuentro una creación diferente.
Por eso nuestras horas hurtadas no solo se nutrían de orgasmos y eyaculaciones sino también de paz, de sentir que el silencio es más poderoso que la palabra.
De sentir que los corazones no tienen dueño.
Que la propiedad sentimental es tan perjudicial para el ser humano como el más mortal de los venenos.
Peor que la propia muerte.
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