Un día me sorprendió la regente con un sobre traído por el repartidor de correo y enviado por él desde hacía una semana. Dentro del mismo había un pasaje en barco para una persona y una escueta nota.
"Te espero el próximo fin de semana en ese lugar"
Por primera vez nos atrevíamos a encontrarnos individualmente fuera de la ciudad.
Como cenicienta en su carroza de calabaza tirada por ratones, con el corazón acelerado ante lo inusual del encuentro, estuve allí esperándolo horas antes de lo planificado.
A la hora precisa llegó como un polizonte al lugar pautado, una habitación de un hotel perdido entre las olas del mar, lejos de la tierra firme, donde no pudieran reconocernos, en una isla casi inhabitada, por ser la época en que los turistas se encuentran ocupados en sus labores ordinarias y los jóvenes y niños en las aulas de colegio. La habitación en penumbras desprendía un aire de intimidad acompañado por melodías sensuales que escapaban a través de los altavoces a una intensidad de volumen balbuciente que embriagaban al oído. Olía a fragancia de esencia de flores, que parecían estar esparcidas por todo su cuerpo.
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Me abrazó y fue depositando lentamente sus besos en mis labios, primero suavemente, después más intensamente, hasta que su lengua, cual pirata, exploraba mi boca y hacia prisionera a la mía y sus manos iban recorriendo los contornos de mi figura, desabrochando lentamente los botones de mi vestido que vencido cayó al piso dejando mis prendas interiores ocultando mi desnudez.
Mis dedos, imitando los suyos utilizaron la misma fórmula para dejarlo en traje de Adán después de ser expulsado del paraíso. Nuestras palabras susurrantes fueron embriagando de pasión el entorno y tras desprendernos de los últimos vestigios de pudor que cubrían nuestra humanidad, nos transformamos en bestias que devoraban los cimientes de los placeres.
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Su boca bebía de mi pezón y la mía gemía de satisfacción mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Ya en la cama, lanzados como fieras heridas, su lengua humedecía la campanilla de mi clítoris y la mía hacía de su glande un helado de sabores exóticos. Nos fusionamos como ingredientes realizando una receta de éxtasis y erotismo y en múltiples posiciones, intercambiamos nuestros conocimientos adquiridos en el transitar hacia la búsqueda del goce infinito.
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Capitulo 3
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Capitulo 7