La mañana me trae sorpresas.
Un nuevo mensaje por correo de mi extrañado caballero que provoca gritos eufóricos que no puedo contener.
Estará por acá de paso en treinta días.
Me extraña y está feliz porque acepté su regalo.
Mi cuerpo se enerva ante la promesa de nuevas caricias.
Me siento como la quinceañera ante la proximidad de su primer beso.
En los próximos días vuelvo a ser la mujer de día.
Destellante, deseable.
Camino por el pequeño pueblo y voy conociéndolo.
La gente es algo huraña pero atenta.
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Sus fuentes de ingreso son el turismo y la pesca.
Hay pocas mujeres por las calles.
Muchos sitios para el juego pero ninguno para la práctica de la prostitución, esto debido a que la misma es una actividad prohibida en la isla, información que me da al regresar mi criada.
Almuerzo mariscos en un restaurante situado frente al puerto, el cual supongo en época de turistas se encontrará repleto.
Me tomo varias copas de un licor hecho de coco, oriundo del lugar, mientras en completa abducción veo los barcos que zarpan y llegan hasta el malecón.
Una anciana señora, dueña del lugar, se sienta a mi lado y platicamos por mucho tiempo.
Me cuenta historias y leyendas.
Me describe el pueblo antes que los turistas descubrieran que era un lugar propicio para escapar de otros más bulliciosos.
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El caos de los primeros años ante los desmanes de los visitantes por la falta de leyes para limitarlos.
Me cuenta un poco de su vida.
De su trabajo como chef y de sus maltrechos amores.
De la aventura de establecerse allí para escapar de los fantasmas de su pasado y como vidente gitana me confiesa que nunca se había sentado con un cliente pero que vio en mí esa indecisión de su pasado.
Le dije donde vivía y prometió visitarme.
Me marché casi con el sol y los efectos del licor esperaron que estuviera en mi cama para hacerse presente.
Mientras todo giraba me dormí.
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