Desde el lugar donde estoy puedo contemplar una buena parte de la ciudad, que parpadea entre estrellas de luces de neón y avisos resplandecientes.
Puedo palpar la soledad que trae la brisa, los destellos de andanzas que descansan tras horas agotadoras donde el bullicio abrumador de las faenas hizo desfallecer de fuerzas las anatomías.
Puedo divisar el encanto que va dejando la medianoche en reunión con la madrugada.
El silencio violado por momentos, por alguna sirena que reclama urgencia entre las calles despobladas, que bostezan buscando inhalar la magia que deposita en ellas el tumulto.
Siento a su corazón palpitar en el reposo que suma otros seres a su entorno.
Y espero, con la parsimonia del enfermo ante la eutanasia que se practica.
Como el soldado ante la guerra que espera pero no ansía.
Como el que hereda los bienes ajenos sin depositar en ellos su confianza.
Espero que los minutos sean asesinados por el tiempo verdugo, que jugando a titiritero va corriendo el telón de una obra que se repite.
Espero dejándome llevar a las fauces de sus fantasías, al estómago de sus alucinaciones, al cerebro donde las neuronas van adquiriendo formas extrañas, como una ola que culmina su furia en la orilla.
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Me transporto al refugio escondido, donde los secretos son voces y el alma como trapecista va volando entre abismos.
Cómplice de las locuras, transparente ante la luz que transpone con su energía las fibras que entrelazan los pensamientos no vividos.
Soy sombra entre la oscuridad que no logra cegar mis ojos, cabalgo en la pradera infinita de los más profundos deseos y exprimo los sentidos.
Como un tranvía donde las estaciones poseen tendencias no afines.
Me abrazo a la medianoche, compañera fugaz de mi invidencia desconocida y bebo con ella el licor que nos brinda el olvido.
Y navego escapando de la prisión que acorrala con sus motivos los actos que nos obligan a ser partícipes en la obra de la vida.
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Y dejo de ser un cúmulo de células reunidas formando un edificio que con el tiempo se derrumba, para difuminar como aire las moléculas a un entorno impalpable, efímero, diáfano y verdadero, proyectando los segundos que anteceden a la avidez.
Entonces la ciudad solo es un foco de luz, un grano entre el cosmos, un trozo de propiedad que va perdiendo vigencia a medida que nos vamos desprendiendo del vicio de la posesión.
Y como invisibles seres transitamos las distancias, tomamos la sombra o la luz que queremos y perdemos la noción de la irrealidad que nos inventamos.
Nigromantes de un destino que atamos con cadenas a nuestra espalda.
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