Sociedad y sistema son de cierta forma sinónimos, ya que la primera lo compone un grupo de personas que se reúnen en cierto espacio de lugar bajo normas establecidas por ellos y el grupo de estas, que se relacionan entre si es lo que se llama sistema.
Sin embargo privan un grupo de condiciones por las cuales la aceptación y ejecución de estas normas terminan siendo contrarias a sus propios creadores, una especie de transfiguración maligna en la cual el hijo del bueno se transforma en el malo y toma como misión ser la punta de lanza en la guerra a favor de la exterminación de su creador o en su defecto la sumisión de este bajo sus reglas.
Así podría resumirse en forma de alegoría la constante lucha entre ellos, y tal vez todo tenga su raíz en la propia naturaleza humana, ya que, aunque las normas que crean el sistema son suyas, estas por motivos lógicos de diversidad no resultan homogéneas y acaban amenazando o confrontando a la propia sociedad que es heterogénea.
Nace en este juego la dictadura de la mayoría, que por razones obvias terminan haciendo del sistema una espada de Damocles que de acuerdo al ritmo de los acontecimientos en algún momento termina cayendo sobre ellos mismos.
A medida que la civilización ha ido avanzando en todos los campos el sistema se ha ido bifurcando, creando una hidra de miles de cabezas, cada una de las cuales dominan los diferentes campos donde conviven los seres humanos, siempre basados en el principio de la mayoría que se logra no solo por igualdad de ideas sino también de otros intereses, que incluso son subyugados a un grupo menor a través de prácticas nada loables.
Se ha transformado para la sociedad multi diversificada, en su transitar diario, el sistema en su karma, en el causante de sus desgracias o en el que coarta su libertad e impide dar rienda suelta a su naturaleza, esto ha dado como resultado que el anarquismo sea parte de su diario vivir.
Es una lucha desigual, porque aunque logra en algún momento derribar cierto sofisma establecido, este como lagarto que pierde su cola, recupera el estado anterior porque cuando la minoría se convierte en mayoría, esta termina repitiendo lo que antes enfrentaba.
Es una batalla épica entre el deber ser y lo que se es al dejar fluir la naturaleza humana llena de contradicciones y sin sentidos en la que la heterogeneidad no ha logrado la manera de mimetizarse para dominar el instinto que le hace sucumbir, porque la solución es sencilla pero también intrincada, regresar a las raíces para poder cambiar ese monstruo llamado sistema o modificarlo para que no sea la mayoría quien lo maneje sino el bienestar común lo que prive.
Y casualmente el primer paso para ese retorno está en dejar a un lado el bien personal, que en ocasiones agrede al general, para ponerlo a la orden de uno mayor, producto de esas renuncias en masa que son tan utópicas como muchos de los sistemas creados para conseguirlo, como la democracia o el socialismo, por mencionar solo dos.
El sistema de las sociedades primitivas estaba basado en el trabajo grupal, en la ayuda de todos para que cada quien pudiera tener los beneficios de acuerdo a sus capacidades, pero brindándosela el grupo también a quienes por alguna razón estaban limitados a ser iguales a los demás, lo que anulaba las supremacías.
Con las apetencias personales y liderazgos grupales comenzó el transitar hacia lo que somos hoy, una sociedad cuya principal característica paradójicamente es ser antisocial, ir contra los principios que deben prevalecer y ser punta de lanza de la supervivencia de los sistemas que las oprimen.
Por lo tanto la guerra entre sociedad y sistema será eterna a menos que una catástrofe natural o producida por el hombre extinga al ser humano o lo lleve a su mínima expresión y este se vea obligado a ceder ante el bien general para sobrevivir.
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