Te dije adiós aquella tarde esperando verte de nuevo y pidiendo a Dios que calmara tus sufrimientos, viví contigo por mucho tiempo tantos dolores que mis rodillas se cansaron de rogar por tenerte nuevamente con esas ansias de vivir que fueron dejándote, a medida que fuiste dándote cuenta que no había marcha atrás en el vía crucis de tu enfermedad.
Tus lágrimas ante la impotencia rompieron mi alma y obligaron a resignarme a que tu descanso era más importante que mis ganas de retenerte.
Te dije adiós como la luna se despide del amanecer con la promesa de regresar pero no fue posible. La llama que te alumbraba se apagó y como muñeca maltrecha ante los embates de la inmisericordia de un mal silencioso y brutal te marchaste.
Compartimos tanto durante todo ese tiempo que como solitarios en un mundo de sinsabores brindamos porque los lazos que nos unen permanecieran por siempre.
Te dije adiós madre, soñando con un milagro y esperando que mis deseos pudieran cambiar el destino, como el niño que ingenuo cree poderlo todo y aunque tu cuerpo no transite esta superficie terrenal donde vagamos buscando el rumbo hacia lo desconocido, tus manos siempre están en mi frente calmando el profundo dolor que significa tu ausencia.
Por sobre este vacío que me produce vértigo y esta sensación ambigua de soledad doy gracias a Dios por estrecharte en sus brazos y por haberme permitido compartir contigo cincuenta y cuatro años de mi vida, por esos momentos que nunca olvidaré y ese amor fiel que nos tuvimos.
Te dije adiós madre pero sigo aquí junto a ti por toda la eternidad, porque mas allá de todo sigo siendo tu niño mimado, el que nunca te abandonó y el que hubiera dado su vida por la tuya, porque nunca nuestras manos estuvieron lejos cuando las desgracias nos alcanzaron.
En el enigma de este paso por el mundo tal vez no hayas sido perfecta pero tu alma y la mía navegaron mares y soportaron naufragios y ahora solo me queda la fuerza de tu luz, faro en el ignoto horizonte que marcaran los pasos hasta la última morada.