El fin de semana es largo y angustioso. Me siento como un sobreviviente de Hiroshima.
Lo que parecía un nuevo escape a la locura fue un duro golpe a la verdad.
¿Quién soy yo para olvidar que el mundo gira en torno a su eje y no de mis deseos?
¿Cómo se termina algo que nunca comenzó y se comienza algo que nunca existió?
Es duro llegar tarde y frustrante no tener el poder de Cronos.
No tengo razones válidas para desbaratar su argumento.
Cuando aparece la cordura quedo desnudo como el árbol en el otoño y emigran los pájaros abandonando el tronco que una vez les sirvió de nido.
Sus palabras son como impactos de cañones en mis neuronas: "no quiero terminarlo sino darle tiempo"
¿Se le da tiempo al tiempo?
¿No se apaga el fuego cuando la lluvia cae?
¿Es su venganza por mi huida?
Me gustaría emborracharme para ahogar las penas pero ya sé que no existe alcohol que las mate ni poder que las borre.
Estoy perdido en un laberinto, sin brújula ni sentido de la ubicación.
Tengo toda la vida para esperar y también para olvidarlo.
Hubiera sido mejor enviarme a la quinta paila del infierno porque así sabría cuál es mi lugar en esta historia que comenzó sin darme cuenta, pero que rompió los parámetros en los cuales siempre me sentí cómodo y seguro.
¿Cuál es el límite de una espera?
Mi impaciencia nunca me ha permitido explorar cuales son los ingredientes necesarios para transformar los deseos en partículas estáticas que esperen un catalizador para activarse.
He vivido como me ha dado la gana y sufrido sin objeciones ante los embates de la adversidad, pero jamás me tropecé con alguien como ella; y tratando de inventarme algo tan desproporcionado como mis desechos filosóficos me pregunto. ¿Será ella lo que llaman mi alma gemela?
Ahogo mis neuronas bajo la ducha de agua fría que casi me provoca una hipotermia.
Tendré que esperar que los cerezos florezcan para conocer otros caminos.
Cada semana será como un gong milenario que me recordará que en la misma ciudad donde habito ella se pasea por alguna calle y que puedo tropezármela en algún instante.
¿Estaré preparado para un encuentro casual?
Los años pasan y las compañías intermitentes son como crisálidas que al poder volar nos dejan solos y aunque parezca masoquista he amado esa metamorfosis porque la misma da como resultado mi libertad, pero ahora no me siento así.
Hoy me siento cansado de abrazar la almohada.
De dormir con soledad, la amante más fiel e incondicional que existe.
Me siento frustrado y envidio al hombre que amanece con ella cada mañana.
Debo aprender a no amar, pero eso le quitaría el sentido a la vida y el sabor exótico al sexo y soy un reincidente que siempre está enamorado de la luna, aunque no existan toros que la pretendan.
Siento nostalgia de esos días de locura, pero algo me dice que como las golondrinas de Bécquer, no volverán
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