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Tortuosa noche salpicada de insomnio, los sonidos más débiles eran trompetas para mis oídos. Me sentía tan solo, podía escuchar hasta los latidos de mi corazón. Buscaba en aquella prisión, en la cuál se había convertido mi cuarto, algún punto de luz que me hiciera compañía.
Los demonios de mi infancia vienen a mi rescate. Comienzo a sentir su voz, me atormentan, puedo verlos hasta en aquella oscuridad casi sepulcral. Tal vez sea mi último día sobre la faz de ésta tierra, tan malvada, tan odiosa...
Tiemblo, el sudor emana de mi cuerpo, gélido, incesante. Puedo ya sentir la respiración de aquellos demonios. Cierro los ojos, entono una oración. Aquel gallo viejo y puntual me devuelve a la realidad...