
Siempre pensé que querernos era un acto suicida al que estábamos expuestos, que el sentir iba en contra de nuestros propósitos, pero que mientras fuese de tu mano, era capaz de lanzarme al piélago del amor ¿Qué sucede cuando dos viejos corazones se reencuentran? Quizás y hasta aplique el dicho de «Donde hubo fuego, cenizas quedan».
El asunto es, amor mío, que lo nuestro fue más que un fuego llameante, incluso, más que palabras llenas de ternura y besos fugaces. Ahí es donde pienso que, aunque a las cenizas el viento las corrió, uno siempre recuerda que una vez ardieron efímeramente. Recuerdo que solía sentarme allí, en el mismo lugar en donde podía verte pasar con la sonrisa socarrona de tus labios, con esos ojos cafés brillando y tu cabello algo despeinado. Desbocando mis ganas de quererte e invitándome a tomar tu mano.
Todo siempre había sido tan irreal, en cuanto a nosotros, nunca nos importó gritarle al mundo cuán bien se sentía esa lluvia de emociones, acudían tan parecidas a fuegos artificiales explotando en mi interior, con vivos colores tan penetrantes como los sentimientos que me hacías sentir.
Hoy vuelvo a verte, sigues teniendo la misma sonrisa torcida de aquellos tiempos de julio, de hace tres años, la intensidad de esos ojos cafés sigue logrando el mismo efecto en mí, ese mismo que me pone las mejillas de color y los nervios a flor de piel. Lo curioso es que, eso no es lo que provoca el esparcir de estrellas fugaces en mi interior, sino lo que siempre me has transmitido. Esa magia de querer y sentirme querida. Y ahora es donde agradezco olvidar olvidarte, amor mío, porque al fin entiendo que, aunque el
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